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Nos citábamos en el artículo anterior para un comentario más detenido sobre las opiniones y propuestas de Koonin en torno al problema del origen de la vida. Lo primero que hay que mencionar es el reconocimiento de la honestidad con la que Koonin se apresta a dar a este problema el lugar que merece en un modelo explicativo de la realidad. De hecho, cuando en las primeras páginas resume las inconsistencias del darwinismo, no duda en calificar (p. 18 y 19) a la síntesis moderna o neo-darwinismo como un modelo dogmático e incompleto. Esta incompletitud la achaca, entre otras razones, al hecho de que ni siquiera se acerca a intentar dar cuenta del problema crucial del origen de la vida.
Koonin parece decidido a enfrentarse a este problema sin reticencias y si bien su modelo adolece de una falta de completitud mayor que la que él achaca al paradigma agonizante por motivos bien claros que hemos expuestos en el artículo anterior, está claro que no quiere pecar de falta de arrojo y obviar en su modelo el misterio siempre escurridizo del origen de las primeras formas vivas en nuestro planeta. Y con independencia de sus disertaciones sobre los distintos escenarios que se barajan en el discurso científico y su especial predilección por resaltar el papel relevante de los virus en el origen del misterio de la vida, la conclusión que parece extraer de tan refinadas y exhaustivas indagaciones en los enigmas de la biología molecular le llevan en definitiva a expresar sus conclusiones con sin igual crudeza con estas palabras (p. 391):
A pesar de muchos interesantes resultados a su favor, cuando se le juzga por el criterio directo de alcanzar (o simplemente aproximarse) a su objetivo final, el campo del estudio del origen de la vida es un fracaso; todavía no tenemos ni siquiera un modelo coherente plausible, mucho menos un escenario válido, para la emergencia de la vida en la Tierra. Desde luego no es por falta de esfuerzos teóricos y experimentales sino por la extraordinaria dificultad intrínseca y la complejidad del problema. Una sucesión de pasos extremadamente improbables resultan esenciales para el origen de la vida, desde la síntesis y acumulación de nucleótidos hasta el origen de la traducción; por la multiplicación de probabilidades esto hace que el resultado final parezca casi un milagro.
Y algunas páginas más adelante (p.417) Koonin retoma tan importante cuestión en un epígrafe titulado “The ultimate enigma of the origin of life”:
Sin embargo, el origen de la vida- o para ser más precisos el origen del primer sistema capaz de replicarse y el origen de la traducción (se refiere al código genético y la síntesis proteica)- sigue siendo un gran enigma, y los progresos en su resolución han sido muy modestos; en el caso de la traducción casi despreciables… Sin embargo, estos avances resultan sólo preliminares, por importantes que resulten, porque ni siquiera se acercan a un escenario coherente para la evolución prebiológica… En mi opinión, a pesar de todos los avances habidos, la biología evolutiva es y seguirá siendo una disciplina lamentablemente incompleta hasta que tengamos un escenario sobre el origen de la vida, si no convincente, al menos plausible.
Es evidente que para Koonin afrontar el problema del origen de la vida es imprescindible si se quiere defender una posición naturalista plenamente consistente. De hecho ya había demostrado su preocupación al respecto en un artículo de 2007 titulado “The cosmological model of eternal inflation and the transition from chance to biological evolution in the history of life”. En él Koonin define el origen de la vida como el eterno problema del huevo y la gallina, en definitiva un rompecabezas lógico sin solución racional. No duda en señalar que incluso el escenario de una vida originalmente surgida en un entorno de ARN (la más invocada por los partidarios de una solución naturalista al “chicken and egg problem”) tropieza con inconsistencias aparentemente irresolubles.
Ante la dificultad teórica y la falta de soluciones procedentes de la observaciones empíricas Koonin decide tirar por la calle de en medio y haciendo honor al refranero castizo de nuestra lengua nos demuestra que “a grandes males, grandes remedios”; así, acaba postulando sin rubor la propuesta de una cosmología de la inflación cósmica eterna. La descripción de la solución que aporta esta sorprendente alternativa la leemos de las propias palabras del autor en el resumen inicial de su artículo de 2007:
La inflación eterna nos ofrece una alternativa viable que no se sostendría en un Universo finito, es decir, que un sistema conjunto de traducción y replicación emergiera por azar y deviniera el hallazgo inicial a partir del cuál la evolución biológica, centrada en la selección darwiniana, despegara. Un corolario de esta hipótesis es que un mundo de ARN, como una población diversa de moléculas de ARN capaces de replicarse, podría no haber existido nunca. En este modelo la etapa de la selección darwiniana nace de la selección antrópica de sistemas complejos que difícilmente pero inevitablemente emergen por azar en un universo infinito (multiverso).
La decisión de Koonin de apuntarse a este tipo de soluciones, queda perfectamente claro, no surge por la imposición del propio conocimiento científico, sino como búsqueda de alternativas exigidas por la previa adopción de un prejuicio metafísico. Como explica en el libro que comentamos (p. 392), las dificultades para hacer sostenibles las diferentes propuestas o escenarios planteados en torno al origen de la vida convergen en problemas sin solución aparente (casi un milagro). Muchos autores se han entretenido en hacer sus propias estimaciones sobre la improbabilidad de la ocurrencia fortuita de la emergencia de la vida en un mundo inanimado. Koonin nos ofrece también sus propios cálculos para un escenario absolutamente elemental (a toy model) que cifra en una probabilidad inferior a 10^-1.018. Las cifras de otros autores son sensiblemente inferiores; Fred Hoyle por ejemplo las estimaba en 10^-40.000 y de ahí su célebre ejemplo de asimilar un evento tal a la probabilidad de que un tornado al arrasar una chatarrería construyera por azar un Boeing 747. En cualquier caso todos coinciden en que la probabilidad de la construcción de manera fortuita de la más elemental de las estructuras vivientes precisaría de unos recursos probabilísticos muchos órdenes de magnitud superiores a los realmente existentes en este Universo finito que conocemos. Por eso Koonin nos dice:
Dadas todas estas dificultades importantes, parece prudente considerar seriamente alternativas radicales para el origen de la Vida. La versión de “Muchos mundos en uno” (MWO, del inglés Many Worlds in One) del modelo cosmológico de inflación eterna sugiere una vía de escape para el rompecabezas del origen de la vida, porque en un multiverso infinito con un número finito de distintas historias macroscópicas (cada una repetida un número infinito de veces), la emergencia de incluso sistemas altamente complejos por azar no solamente es posible, sino inevitable.
Así por lo tanto, Koonin fía la solución naturalista del enigma a eventos fortuitos que suceden de manera inevitable. O bien se trata de un oxímoron invocado como mera licencia poética, o el científico ruso ha descubierto una nueva categoría ontológica que hasta ahora nos había pasado inadvertida.
Por otra parte, pocas líneas más adelante añade una idea ya expuesta en su artículo de 2007 que merece una somera aclaración:
El que este evento, extremadamente raro ocurriese en la Tierra y diera paso a la vida tal como la conocemos sólo podría atribuirse a una causalidad antrópica.
En efecto, la invocación recurrente de una causalidad antrópica parece exigir una explicación en un autor de convicciones plenamente materialistas. Él mismo nos lo explica en un epígrafe titulado “Algunas nuevas e importantes definiciones y reinterpretaciones de definiciones familiares en el modelo MWO”. Para Koonin este concepto de “selección antrópica” representa la noción de que la historia de nuestro mundo anterior a la puesta en marcha del proceso de evolución biológica no dependía de ningún específico “mecanismo” sino que fue simplemente objeto de “selección” de entre el conjunto finito de todas las historias cuya ocurrencia estaría garantizada en un Universo infinito, en virtud de ser favorable a la emergencia de la vida compleja. La selección antrópica sería por tanto un principio epistemológico, no ontológico, una mera formulación del principio antrópico débil acomodada al objeto de su libro, y que no debe ser confundido con el carácter inevitablemente teleológico (y según Koonin, por lo tanto no científico) del principio antrópico fuerte.
Con independencia de la nula capacidad explicativa que nos ofrece la invocación de un principio antrópico débil lo que llama poderosamente la atención es que la solución al enigma de la vida nos venga remitida al campo de la cosmología-ficción por parte precisamente de un experto en el campo de la biología molecular y la genómica. Parece evidente de que los profesionales de la biología no solamente no han sido capaces de encontrar una respuesta naturalista al enigma del origen de la vida si no que además, al recurrir a este tipo de soluciones explicativas demuestran que han perdido definitivamente toda esperanza de alcanzar una solución en el seno de su propia disciplina científica. Si durante décadas se nos ha venido predicando la consigna de que las dificultades para explicar los misterios de la vida eran solamente un problema de insuficiente información y conocimiento y de que las lagunas existentes, sin ninguna duda, se cubrirían en el futuro merced a los nuevos descubrimientos de la bioquímica, lo que Koonin nos viene a decir en este libro es que tal estrategia ha dejado de ser la apropiada. Por lo visto, el conocimiento científico es lo suficientemente sólido para poder empezar a establecer que la búsqueda de soluciones naturalistas a la abiogénesis es un planteamiento sin posibilidades de éxito y que sólo invocando soluciones metafísicas como la idea de que una cantidad infinita de recursos probabilísticos convertiría en inevitables incluso los eventos cuasi-milagrosos podremos salir del atolladero.
Pero una propuesta de esta naturaleza no puede dejarse escapar sin un escrutinio crítico riguroso, cosa que haremos en el último comentario de esta serie.




El nuevo libro de David Abel (“The First Gene”) representa un punto de referencia que no puede ya ser eludido en cualquier intento de explicar el origen de la vida en términos estrictamente naturalistas. La importancia de la exposición de Abel resulta más evidente si hacemos un somero recuento de la historia reciente de las investigaciones sobre la abiogénesis. Desde los trabajos de las primera mitad del pasado siglo puestos en marcha por el ruso Oparin hasta los más recientes intentos por parte del equipo de Craig Venter para recrear la vida artificial en el laboratorio, pasando por el célebre experimento de Miller-Urey sobre la síntesis espontánea de algunos componentes orgánicos, el paradigma explicativo de la emergencia de la vida ha sido el modelo de la evolución química, es decir, la presunción de que la vida puede haber surgido como consecuencia de reacciones químicas fortuitas en un ambiente favorable para ello, quizás, como apuntara el propio Darwin, en una pequeña charca templada…

Esta propuesta ha venido asumiendo durante un siglo largo, la idea de que la búsqueda de una explicación científica satisfactoria a este poderoso enigma, por lejana que pareciese, terminaría por llegar de la mano del avance en el conocimiento de la biología. Distintos escenarios han sido estudiados, para intentar conjugar los dos procesos esenciales inherentes a la vida, el metabolismo y la auto-replicación, en la génesis de los primeros organismos. En los últimos tiempos han adquirido un mayor predicamento entre la comunidad científica los escenarios que postulan un origen de la vida sobre una biología sustentada en moléculas de ADN capaces de auto-replicarse para ir posteriormente ganando funciones complementarias.

Sin embargo, el avance de la ciencia, lejos de ayudarnos a encontrar la solución correcta al enigma de la evolución química de la vida no ha hecho sino ir añadiendo más y más dificultades poniendo de manifiesto, a cada descubrimiento, la inextricable complejidad de los seres vivos y la impotencia de los investigadores para encontrar un modelo convincente. El libro de 1984 “The Mystery of Life´s Origin”, de Thaxton, Bradley y Olsen supuso un aldabonazo que denunció, en términos estrictamente científicos, la inconsistencia de las teorías dominantes en su tiempo sobre tan esencial cuestión. En nuestros días, la obra minuciosa y exhaustiva de Stephen C. Meyer “Signature in the Cell” ha desarrollado un argumento poderoso sobre la dificultad de defender un modelo naturalista de la abiogénesis y ha introducido la necesidad de incluir en cualquier propuesta una solución al origen, no sólo del intrincado rompecabezas físico-químico que representa el más elemental de los organismos vivos, sino también de la propia información genética que gobierna los mecanismos de la vida.


Lo que éste y otros trabajos han puesto de manifiesto, en definitiva, es la inmensa dificultad para postular que la vida haya podido surgir en nuestro planeta por procesos estrictamente naturales y de forma perfectamente fortuita y espontánea. Y hasta tal punto lo han hecho que los autores de los trabajos científicos más actuales y destacados en este campo han empezado a bajar los brazos y a comprender que el origen de la vida supone un rompecabezas sin solución científica predecible. Veamos por ejemplo, lo que nos dice al respecto Eugene V. Koonin (Senior Investigator at the National Center for Biotechnology Information, Maryland, USA) en su libro reciente “The Chance of Logic”. Por una parte defiende que cualquier paradigma explicativo en biología debe de contemplar una propuesta para el origen de la vida, denunciando a su vez una falla fundamental en el modelo neo-darwinista dominante en el último siglo por carecer de capacidad explicativa para tan fundamental cuestión. Por otra parte, asume que el origen de la vida es un rompecabezas lógico (a chicken-egg problem) de inextricable solución y postula las condiciones mínimas que debe de cumplir la emergencia del más elemental de los organismos vivos: la doble y recíproca condición de replicación y traducción. Koonin realiza él mismo los cálculos de probabilidad para poder apostar por la emergencia fortuita de un tal mecanismo biológico y termina concluyendo que el altísimo grado de improbabilidad supera por muchísimos órdenes de magnitud el total de recursos probabilísticos presentes en este Universo que habitamos, lo que la convertiría, en palabras del propio Koonin en “casi un milagro” (p.391)

Como consecuencia de esta convicción Koonin abandera un nuevo sesgo en el discurso científico en torno al origen de la vida que va ganando cada vez más adeptos entre las filas materialistas a medida que el avance de la ciencia va evidenciando la incapacidad del modelo tradicional de la evolución química: el salto de la biología a la cosmología. La propuesta de una cosmología de multiversos al amparo de la moderna teoría de cuerdas y una inflación cósmica infinita tiene por objeto elevar ilimitadamente los insuficientes recursos probabilísticos disponibles con objeto de hacer que “cualquier cosa” por improbable que resulte, termine siendo “inevitable” (en palabras del propio Koonin). Y es precisamente en este punto del debate donde el libro de David Abel se convierte en un desafío definitivo para las nuevas teorías emergentes.

Abel nos recuerda que la vida no puede ser explicada sin profundizar primero en el significado y papel que juega la información en el sustento de la dinámica de la vida. Hoy cabe decir, a la luz del conocimiento científico más actual, que las propiedades del Universo y de la vida están mejor descritas por las leyes que gobiernan la información que por las leyes que gobiernan la materia. Es por eso que Abel desarrolla una completa teoría en torno a la cibernética de la vida y el papel relevante de los procesos semióticos en la misma. Como consecuencia de su análisis, la necesidad de una categoría de causalidad que supere la vieja dicotomía entre azar y necesidad se hace inevitable y la reivindicación de la elección contingente (choice contingency) viene a completar los recursos causales explicativos necesarios para hacer racionalmente comprensible la realidad que conocemos. La información se ha convertido ya, en un elemento constitutivo de la Naturaleza tanto como puedan serlo la materia, la energía o las leyes físico-químicas que limitan sus posibilidades de cambio y transición.

Como consecuencia de su análisis, Abel nos aporta una conclusión que está llamada a presidir el discurso teórico de los próximos tiempos y que no puede ya ser obviada en el futuro, la idea de que el Formalismo precede y gobierna la Fisicalidad (F>P, por sus siglas en el inglés original). Las conclusiones de Abel son rotundas. La vida no es el producto de constricciones referidas a leyes reiterativas y faltas de información sino la consecuencia de controles cibernéticos orientados a resultados específicos. Las constricciones físico-dinámicas pueden orientar la construcción de modelos ordenados pero no pueden provocar la emergencia fortuita de estructuras funcionales altamente organizadas. El Corte Cibernético representa la ruptura entre las estructuras que pueden ser explicadas por mecanismos físico-dinámicos exclusivamente, de aquellas estructuras funcionales que dependen de controles formales y de elecciones orientadas. La selección natural solamente explica la predominancia de modelos funcionales ya existentes; la vida, por el contrario se basa en la selección “para” una función potencial no existente con antelación. Ni el azar ni la necesidad pueden programar nodos decisorios para integrar circuitos u organizar una utilidad formal. Ninguna combinación de azar y necesidad puede generar las reglas formales o hacer emerger un sistema simbólico informacional de la naturaleza del código genético, ni justificar la emergencia de procesos semióticos que se nutren de códigos y memorias orgánicas. Ninguna entidad física puede “auto-organizarse” en la existencia; un efecto nunca puede ser su propia causa.

Las conclusiones y los argumentos de Abel se convierten así en la referencia ineludible que ninguna teoría naturalista del origen de la vida puede ya desconocer. La información, como elemento inevitable de la realidad, hace que el estudio de la vida exija una integración multidisciplinar de la física y química tradicional junto a las ciencias de la información en el marco de la biología. En la era de la información ya no es admisible seguir sosteniendo que meros errores de transcripción puedan generar la altamente sofisticada información de los sistemas biológicos, su maquinaria y mecanismos para el proceso de la misma o los fascinantes mecanismos asociados de detección y reparación de errores en la replicación que caracterizan a los organismos vivos y cuyo sentido teleológico no puede ser negado. La preponderancia del formalismo sobre la fisicalidad ataca de lleno el sentido reduccionista del modelo clásico y la “forma” reivindica su protagonismo como elemento rector del proceso de generación de cualquier organismo vivo. La información prescriptiva, nos dice Abel, gobierna los procesos de la vida. De acuerdo, pero yo quisiera añadir entonces que además, la forma se convierte en el elemento rector del proceso. Pensemos en el proceso de desarrollo embrionario de cualquier organismo pluricelular; no son los genes al expresarse en el fenotipo los que producen la forma final, es precisamente la forma la que prescribe la activación de los genes o su anulación en el momento y la ubicación precisa. Al fin y al cabo, la información prescriptiva, como toda información encriptada en un sistema simbólico material, es necesariamente intencional, es referida a una realidad que lógicamente la precede.

Lo que Abel nos enseña en definitiva es que no se puede reducir el problema del origen de la vida, como pretende Koonin, a un problema de recursos probabilísticos escasos. El origen naturalista de la vida afronta un problema de falta de adecuación causal. No hay una relación razonable entre la causa propuesta, el azar y la necesidad, y el efecto resultante, la compleja información prescriptiva reguladora de procesos formalmente estructurados según esquemas de organización funcional. Pongamos un ejemplo. No es razonable pensar que un chimpancé sea capaz de resolver la Conjetura de Poincaré. Pero es inadmisible proponer que en una cosmología de multiversos la extensión de los recursos disponibles a un ejército infinito de chimpancés terminaría por encontrar la solución de forma inevitable. El principio de adecuación causal nos exige que aquella realidad presente en el efecto pueda ser reivindicada como originaria de la causa propuesta.

Abel nos presenta su argumentación en términos estrictamente científicos dentro de la lógica propia de una epistemología finita. No reivindica la imposibilidad teórica de la ocurrencia de la emergencia fortuita de la vida pero sí la absoluta falta de plausabilidad de tal evento de acuerdo con los conocimientos y las herramientas conceptuales que la ciencia nos ha proporcionado a día de hoy. A partir de ahora cualquier propuesta naturalista para explicar el origen de la vida deberá hacer referencia a las objeciones planteadas por este excelente trabajo del Doctor Abel. Y puedo asegurarles que estoy deseando ver cómo se las van a arreglar para rebatirlas.

Por Felipe Aizpún | Darwin o DI




“The Logic of Chance”
(2011) es un libro recientemente publicado debido a la autoría del prestigioso científico de origen ruso Eugene V. Koonin, Senior Investigator en el National Center for Biotechnology Information en Bethesda (Maryland, USA). Koonin es responsable de más de 600 artículos científicos y un libro previo (2002) titulado “Sequence-Evolution-Function: Computacional Approaches in Comparative Genomics”. La reputación profesional del autor y el ambicioso y exhaustivo tratamiento del estado actual de la biología evolutiva que nos ofrece Koonin en su nuevo libro han hecho de él motivo de interés y comentario en los círculos científicos en los últimos meses.

El libro que hoy comentamos es uno más de los testimonios procedentes de los más destacados representantes del stablishment científico que vienen a poner de manifiesto la definitiva falta de consistencia del paradigma neo-darwinista. Muchas son las razones para hacerlo y Koonin nos va desgranando algunas de ellas, como por ejemplo la dificultad para enfrentarse desde el modelo gradualista tradicional a las estructuras biológicas complejas “evocadas”, nos dice el autor, como estructuras irreduciblemente complejas. O bien, la incapacidad del modelo para justificar el proceso de la macroevolución más allá de la simple justificación de la emergencia de variedades de ya conocidas especies que es, según Koonin, lo máximo que alcanzó a explicar en sus ejemplos el bueno de Darwin, sin llegar ni siquiera a justificar la emergencia de nuevas especies y mucho menos de superiores categorías taxonómicas. En concreto señala (p.19) que “la Síntesis Moderna da un gran salto de fe al extender los mecanismos y modelos establecidos para la microevolución a los procesos macroevolutivos”.

El libro de Koonin es un libro para especialistas que resulta difícil de seguir para los no profesionales de la biología; sin embargo su decidida apuesta por postularse como un paradigma alternativo lo hace merecedor de un interés por parte del público generalista. Y es que Koonin nos habla sin recato de que el conocimiento científico actual nos permite abordar una “meta-revolución”, un cambio importante en todo el marco conceptual de la biología, en una transición hacia una visión posmoderna de la vida. Nos habla en definitiva de un cambio de paradigma (paradigm shift) y no se corta en anunciar “una nueva síntesis evolucionista que yo estoy tratando de desarrollar aquí” (p. ix).

La particularidad de este nuevo enfoque que Koonin nos aporta estriba en el papel y significación que otorga a las categorías de causalidad clásicas en el proceso. La Síntesis Moderna se apoya sobre el papel protagonista del azar (chance) como responsable de las novedades biológicas, y el papel prácticamente exclusivo de la necesidad, en este caso de la mano de la selección natural (SN), para generalizar dichas novedades según el modelo de la genética de poblaciones. El discurso de Koonin a lo largo de sus 500 páginas de exposición se centra por lo tanto en revisar, desde una óptica esencialmente naturalista adoptada como un marco explicativo irrenunciable de la realidad, el peso específico de ambas explicaciones causales en el proceso y aportar novedosas interpretaciones al mismo. Koonin rechaza abiertamente un modelo que consideraba dogmático en su génesis y que se impuso en su forma “dura” obviando las observaciones evidentes a favor de un mayor protagonismo de los procesos estocásticos en la generalización de las novedades biológicas en el seno de las poblaciones tal como pusieran de manifiesto los trabajos, por ejemplo, de Sewall Wright. Así, el discurso adaptacionista terminó por imponerse como un mantra obligado dotando, en la perfecta armonía y equilibrio que otorgaban azar y necesidad al proceso, de elegancia y contundencia al modelo.

En realidad la propuesta de Koonin termina siendo francamente decepcionante ya que nada, aparte de la consabida crítica al paradigma dominante, puede ofrecernos como explicación alternativa. A diferencia del reciente libro de James Shapiro, ampliamente comentado no hace mucho en estas páginas y que nos ofrece una visión claramente finalista del proceso de cambio de las formas vivas, Koonin proyecta en su trabajo una mera exaltación del azar como justificación principal de todo el proceso, no solamente de la emergencia de las variaciones sino también como motor de las generalizaciones de dichas novedades entre la población. Considera el autor que el discurso adaptativo carece de base y que la evidencia científica procedente de las observaciones no resulta en absoluto concluyente en su favor. La SN apenas pasa, para Koonin, de aportar su carácter “purificador”, es decir, de explicar la desaparición de los organismos menos aptos o defectuosos (tal como por otra parte había sido siempre, hasta su deformación conceptual por parte de Darwin). De esta forma, el fantasioso carácter “creativo” de la SN según el discurso darwinista tradicional queda relegado al mero papel conservador del statu quo que Koonin considera oportuno recuperar.

Todo es azar para Koonin, y el azar todo lo explica, lo que en definitiva se traduce en que nada es explicado y en que frente al sólido y rotundo (aunque perfectamente falso) paradigma neo-darwinista, la crítica del modelo y la puesta en evidencia de sus inconsistencias no se concreta en una propuesta alternativa que merezca la consideración de “teoría”. Frente al discurso gradualista y uniformitarianista de Darwin, Koonin sólo nos ofrece que el proceso evolutivo es una amalgama de acontecimientos de diversa naturaleza, sobrevenidos en virtud de procesos estocásticos y según un discurrir de eventos que no pueden ser enmarcados en una propuesta teorizante alternativa que dote de sentido y claridad conceptual al modelo. Frente a la idea darwinista de que las variaciones surgen siempre fruto de mutaciones fortuitas Koonin nos apunta que tales variaciones pueden, por el contrario, proceder de episodios de cambio de muy distinta naturaleza y no meras variaciones en los nucleótidos de las secuencias génicas. Lo cual no es decir mucho. Esta falta de criterio y de modelo explicativo no le impide sin embargo exclamar con entusiasmo que, más allá del dictum ya mítico de Dobzhansky, cabe decir con rotundidad: “Biology is Evolution!”

Esta falta de consistencia de la propuesta de Koonin se pone más claramente de manifiesto cuando pasamos revista a sus interpretaciones de los fenómenos más relevantes de la historia de la vida y comprobamos su incapacidad para explicarlos en el seno de un modelo que aspire a poder presentarse como una nueva síntesis posmoderna de la biología. Comenzamos por el origen de la vida en nuestro planeta. Para Koonin se trata de un fenómeno tan fantásticamente improbable que representa una sorprendente muestra de lo que el puro azar es capaz de conseguir en contra de toda previsión razonable. La forma en cómo aborda Koonin una justificación racional de este proceso merece artículos aparte que seguirán al presente.

Un segundo episodio crucial en la historia de la vida es la aparición de las células eucariotas. La eucariogénesis se nos ofrece en este libro igualmente como un evento de tan extraordinaria rareza que no podemos sino felicitarnos por la, de nuevo, fantástica capacidad creativa de la Naturaleza sometida al azar no dirigido y a las constricciones que conocemos como leyes físico-químicas. Koonin no duda en admitir que la organización celular de las células modernas nos muestra tal intrincada complejidad que es comprensible que para algunos evoque la condición de complejidad irreducible, ya que “para la mayoría de los sistemas funcionales de tales células no podemos señalar ningún sistema evolutivo intermedio” (p. 221). Koonin concibe la simbiogénesis como el escenario más probable para la aparición de las células eucariotas pero no olvida que muchas incógnitas sobre la naturaleza del proceso permanecen sin resolver: “la genómica comparativa de momento no ha resuelto el enigma de la eucariogénesis ni tampoco nos ha ofrecido una exposición definitiva de la primitiva radiación de los principales linajes de eucariotas” (p. 221).

Koonin no nos ofrece tampoco ninguna justificación para encajar en su modelo el problema de la naturaleza y el origen de la información biológica, un desafío crucial para cualquier intento de construcción de una “nueva síntesis” y sobre el que este autor pasa de puntillas. Además, por lo que se refiere al problema de la emergencia de la complejidad creciente en el transcurso del tiempo de los organismos vivos y que el propio Koonin califica como de “un problema central” (if not THE central problem in biology) (p. 250), Koonin nos relata cómo este problema central ha sido justificado tradicionalmente mediante su remisión al discurso adaptativo y al poder creativo de la selección natural. Koonin rechaza que tal explicación pueda derivarse de un honesto conocimiento científico de la realidad y prefiere apuntarse a la hipótesis de que “dado el suficiente tiempo” los procesos estocásticos de cambio en los seres vivos pueden acabar generando incrementos de complejidad en los organismos. Koonin secunda así la famosa metáfora popularizada por Stephen Jay Gould de los dos borrachos dando tumbos a la salida de un bar para llegar al fin, zigzagueando, a un destino cualquiera. Él mismo se apresura a decir (y desde aquí le secundamos con fervor) que tal modelo explicativo es demasiado general para poder ser considerado una teoría solvente.

Pero hay un dato especialmente llamativo en el libro de Koonin; la forma en que abiertamente declina pronunciarse sobre uno de los episodios más definitivos en la historia de la emergencia de la complejidad de la vida. En efecto, en el propio prefacio de la obra (p. xii) declara lo siguiente en relación al contenido de su libro: “Muchos importantes y populares temas, como el origen de los organismos pluricelulares o la evolución del proceso de desarrollo embrionario han sido completa e intencionalmente ignorados”. No nos explica el autor el motivo de esta omisión, algo difícilmente comprensible en quien pretende ofrecer un paradigma alternativo a la biología contemporánea si tenemos en cuenta que nos enfrentamos aquí al más principal de los enigmas, el de la información prescriptiva capaz de conducir al organismo en su dinamismo a alcanzar una forma biológica concreta.

Sin embargo este olvido no es del todo incomprensible. Koonin demuestra a lo largo de su libro que es un reduccionista de postín y que todo su modelo explicativo de la biología gira en torno a la genómica comparativa y a la búsqueda de mecanismos que puedan justificar, aunque sea bajo el socorrido paraguas del azar, la conformación de las diferencias presentes en los genomas de los distintos organismos mediante episodios de deleción, duplicación, transposición o transferencia genética horizontal principalmente. Koonin comprende que las viejas letanías darwinistas que basaban la explicación del proceso evolutivo en la acumulación de variaciones en las secuencias de nucleótidos en los genes ya han pasado a la historia. Lo que debemos explicar no son los cambios en los genes sino los cambios en los genomas y sus profundas reorganizaciones que definen las diferencias entre los distintos organismos. El problema es que el salto a los organismos pluricelulares y el proceso de desarrollo embrionario que los caracteriza nos enfrenta a realidades que no pueden explicarse únicamente desde el estudio de la genómica comparada. La información secuencial y digital de los genomas resulta insuficiente para explicar la naturaleza del proceso de desarrollo embrionario hacia la conformación de un modelo ideal de forma viviente. La información prescriptiva que gobierna el proceso exige planteamientos que superan por completo el enfoque puramente mecanicista y Koonin parece haber preferido huir del campo de batalla eludiendo un problema que, simplemente, desde su prejuicio naturalista es incapaz de comprender.

Por Felipe Aizpún | Darwin o DI


Hace un par de semanas apareció un interesante artículo en Scientific American titulado «La evolución del ojo». El subencabezado del artículo hace esta temeraria afirmación: «Los científicos tienen ahora una clara visión de cómo llegaron a existir nuestro ojo tan evidentemente complejo». Cuando vi que se había publicado este artículo, me invadió una enorme curiosidad. Tenía deseos de leer la propuesta de solución de un problema terriblemente difícil. Pero lo que el artículo realmente proporcionada era muy decepcionante. No aparecía nada realmente nuevo ni original, y (aunque recubierto de nuestro moderno conocimiento científico), el argumento adoptaba más o menos la misma forma fundamental que todos los refritos que se han ido presentando durante el último siglo y medio desde la publicación de la obra de Darwin El Origen de las Especies.
Por cierto, en este artículo se hace mención explícita del diseño inteligente (DI) y se ofrece su contenido como un argumento contrario al concepto de la complejidad irreducible. El autor del artículo, Trevor D. Lamb, mantiene que

... Recientemente, los biólogos han conseguido significativos avances en seguir el origen del ojo —estudiando cómo se forma en embriones en desarrollo y comparando las estructuras de los ojos y los genes a través de las especies para reconstruir cuándo aparecieron los rasgos clave. Los resultados indican que nuestra clase de ojo —el tipo común a través de los vertebrados— adoptó su forma en menos de 100 millones de años, evolucionando a partir de un simple sensor de luz para ritmos circadianos (diarios) y estacionales hace alrededor de 600 millones de años para llegar a formar un órgano óptica y neurológicamente sofisticado hará unos 500 millones de años. Más de 150 años después que Darwin publicase su revolucionaria teoría, estos resultados son el toque de muertos para la tesis de la complejidad irreducible y respaldan maravillosamente la idea de Darwin. También explican por qué el ojo, lejos de ser una pieza de maquinaria perfectamente diseñada, exhibe una cantidad de defectos fundamentales —unos defectos que son las cicatrices de la evolución. Al contrario de lo que algunos pudieran pensar, la selección natural no resulta en perfección. Juega con el material que tiene disponible, algunas veces con efectos extraños.

Esencialmente, Lamb hace las siguientes afirmaciones:

1. Al comparar las estructuras del ojo y el desarrollo embrionario del mismo en las especies vertebradas, se puede inferir que nuestro ojo de tipo cámara tiene unas raíces evolutivas muy antiguas.
2. Antes de adquirir los elementos necesarios para su operación como órgano visual, su función se limitaba a la detección de la luz para modular los ritmos circadianos de nuestros distantes antecesores.
3. El ojo contiene numerosos defectos que atestiguan su origen evolutivo.
4. Hay claves en el desarrollo de los embriones que indican cómo el ojo se formó a partir de un órgano sensible a la luz pero no visual hasta un órgano formador de imágines hace alrededor de 500 millones de años.

El artículo de Lamb es principalmente un intento de rechazo del diseño inteligente (y no meramente de demostrar la descendencia común). Por tanto, en esta crítica del artículo es mi intención concentrarme principalmente en el cuarto de estos puntos (que considero como el punto esencial), y también trataré brevemente la condición aparente subóptima del diseño del ojo.
Doblado de un área de fotorreceptores

Lamb nos dice:

En etapa temprana del desarrollo, la estructura neural que da origen a las protuberancias de los ojos en cada lado para formar dos sacos, o vesículas. Cada una de estas vesículas se dobla entonces sobre sí misma para formar una retina en forma de C que reviste el interior del ojo. La evolución procedió probablemente de una manera muy parecida. Nuestro postulado es que un proto-ojo de esta clase —con una retina de dos capas en forma de C compuesto de fotorreceptores ciliares en el exterior y de neuronas de salida derivadas de fotorreceptores rabdoméricos en el interior— evolucionó en un antecesor de los vertebrados hará entre 550 y 500 millones de años, que servía para impulsar su reloj interno y quizá para ayudarlo a detectar sombras y orientar su cuerpo de manera apropiada.

Esta perspectiva no tiene nada de nueva. Esta idea ha sido adoptada por muchos de los más célebres biólogos evolutivos del siglo 20 (p.ej. Richard Dawkins). Nilsson y Pelger (1994) también ofrecieron un argumento muy similar (ver aquí la crítica que presenta David Berlinski —en inglés).
En esta clase de modelos se cree que se podría mejorar la agudeza visual primero al hacerse cóncava el área inicialmente plana de fotorreceptores, y posteriormente aumentando el nivel de indentación. Naturalmente, el argumento se fundamenta sobre el supuesto crucial de que el cambio sea a la vez heredable y que pueda proseguir indefinidamente (sin importar cuánta indentación y selección haya ocurrido previamente).

Además, una vez el área cóncava de fotorreceptores es tan profunda como ancha, la agudeza visual queda más efectivamente realzada no haciéndose más profunda, sino constriñendo el orificio de la depresión hasta que se consigue una relación óptima entre la agudeza visual (como resultado del estrechamiento del ángulo de la luz incidente hacia cada fotolécula respectiva) y la reducción en luz admisible para las fotocélulas.

El desarrollo y la evolución de la lente

Lamb prosigue así:

En la siguiente etapa de desarrollo embrionario, mientras la retina está doblándose hacia adentro sobre sí misma, se forma la lente, que se origina como un engrosamiento de la superficie externa del embrión, o ectodermo, que se abomba en el espacio vacío curvado formado por la retina en forma de C. Esta protuberancia se separa en su momento del resto del ectodermo para convertirse en un elemento flotante libre. Parece probable que durante la evolución se diera una secuencia parecida de cambios. No sabemos exactamente cuándo sucedió esta modificación, pero en 1994 investigadores en la Universidad de Lund en Suecia expusieron que los componentes ópticos del ojo hubieran podido evolucionar fácilmente en el intervalo de un millón de años. Si es así, el ojo conformador de imágenes puede haber surgido a partir del proto-ojo no visual en un instante geológico.

Esto se basa todo en una gran suposición: que los tejidos biológicos son innatamente plásticos. Se presta poca atención a los rompecabezas bioquímicos y moleculares que chocan con tales escenarios. En otras palabras, se deja de lado totalmente todo lo que hemos aprendido durante los últimos 50 años de genética y bioquímica. Uno no puede dejar de preguntarse si se relegan los detalles de la bioquímica como resultado de un descuido, o si más bien se debe que presentan un desafío tan formidable a cualquier explicación evolucionista materialista convencional que, si se les presta la debida atención, socavarían radicalmente el paradigma darwinista.

La elección de palabras por parte de Lamb más arriba parece implicar un desarrollo embrionario espontáneo de la lente, y él sugiere que quizá la evolución sucedió de una manera muy parecida. El problema es que la formación de las lentes no posee en realidad tal espontaneidad —bien al contrario. En realidad, se activa mediante la liberación de diversas sustancias químicas llamadas «inductores» procedentes de la vesícula óptica. En células epiteliales, la liberación de estas sustancias químicas activa la expresión de los genes que están involucrados en la aplicación del desarrollo de la lente. El inductor activa las células epiteliales para que comiencen a producir un factor de transcripción, que es a menudo llamado el «gen controlador maestro» del desarrollo del ojo (conocido como Pax6). El Pax6 activa a su vez los genes que hacen que el epitelio forme un placodo lenticular y luego una vesícula lenticular.

El Pax6 desempeña también una función en la formación inicial de la vesícula óptica, y en la diferenciación de las células de la retina. Esto lleva a plantear una pregunta interesante: ¿Cómo consigue el mismo factor de transcripción realizar diferentes roles en diferentes tipos de células? Su acción resulta cuidadosamente modulada por un conjunto de otros factores que son específicos de sus respectivos tipos de tejidos y células. En el caso de las células epiteliales, el Pax6 funciona en colaboración con otro factor de transcripción llamado Sox2. Cuando estas dos proteínas se unen a una secuencia específica de ADN, ésta actúa literalmente como un conmutador genético, desencadenando la diferenciación de la lente.

Como explica el mismo Lamb, la morfogénesis de la lente resulta de «un engrosamiento de la superficie externa del embrión, o ectodermo, que se abomba en el espacio vacío curvado formado por la retina en forma de C. Esta protuberancia se separa en su momento del resto del ectodermo para convertirse en un elemento flotante libre».

La vesícula lenticular se transforma subsiguientemente en una lente. Las células de la pared posterior de la vesícula se transforman en fibras lenticulares, que crecen sustancialmente a una longitud docenas de veces superior a su tamaño original (lo que significa que cubren completamente la cavidad de la vesícula). Hay diversos e importantes cambios que estas células han de experimentar para adoptar su función como fibras lenticulares. Para empezar, tienen que perder sus organelas internas para permitir que la luz incidente se transmita eficazmente a través de las mismas. Las fibras lenticulares están además dispuestas de forma muy compacta entre ellas —hexagonales en sección transversal, y alineadas en paralelo con el eje del ojo.
Estas fibras lenticulares producen también proteínas conocidas como cristalinas, y el Pax6 (el factor de transcripción mencionado anteriormente) está involucrado en la activación de los genes de las cristalinas. El alto nivel de producción de estas proteínas confiere una densidad extraordinariamente alta y de ahí un elevado índice de refracción, que es el responsable de las propiedades de difracción de la luz de la lente.

Y es en este punto que nos encontramos con un problema potencial.

En el caso de la mayor parte de las proteínas, si se acumulasen en una concentración tan elevada como la que tenemos en este caso, tendrían tendencia a aglomerarse y a desnaturalizarse. Esto significaría que la lente se volvería opalescente y con ello perdería su transparencia. Pero las proteínas que se usan —las cristalinas— son excepcionalmente estables, y la clase mayor de estas proteínas sirve en realidad para estabilizar las otras cristalinas. Esta clase se conoce como α-cristalina, y estas moléculas interaccionan para formar bolas huecas que están conectadas mediante otras proteínas conocidas como CP49 y filensina. Ésta forma una estructura llamada «un filamento con cuentas». Estas estructuras predominan dentro de las fibras lenticulares. Son absolutamente críticas para facilitar que una concentración tan densa de proteínas realmente realce las capacidades visuales. Incluso más extraordinario es el hecho de que estas proteínas nunca se reciclan. A diferencia de la mayor parte de otras proteínas, estas moléculas cristalinas no se degradan, y así la lente no se empaña. Las estructuras de filamentos con cuentas protegen en realidad a las proteínas de degradación y desnaturalización. En realidad, una de las causas de las cataratas oculares es una estructura defectuosa del filamento con cuentas.

Pero aquí tenemos la cuestión fundamental: Esta no es la clase de sistema que uno pudiera considerar de manera intuitiva como producto de jugueteo darwinista mediante prueba y error. Invocar simplemente la adición de una lente es trivializar profundamente acerca de esta cuestión.

La gallina y el huevo

Realmente, aquí me he limitado a arañar la superficie. La morfogénesis del ojo se extiende a niveles mucho más profundos que todo esto. Una vez la vesícula óptica ha contactado con el epitelio, se extiende hacia fuera y se dobla sobre sí misma. Esto forma la bola vacía del ojo. La capa interna de esto se desarrollará en la retina. Lo que es particularmente digno de mención es que, en tanto que la vesícula óptica es absolutamente fundamental para la inducción del desarrollo de la lente, ¡el posterior desarrollo del ojo depende, en gran medida, de factores que son segregados por la lente en su desarrollo! Esto expone a mayor abundamiento la futilidad de la clase de escenarios comúnmente propuestos por darwinistas como Lamb, en los que la lente se contempla como una adición relativamente tardía a la estructura del ojo.

Más Problemas

En su reseña de Richard Dawkins' Climbing Mount Improbable [Ascensión al Monte Improbable], David Berlinski hace las siguientes observaciones adicionales:

La luz incide sobre el ojo en forma de fotones, pero el nervio óptico transporta impulsos eléctricos al cerebro. Actuando como un sofisticado transductor, el ojo tiene que mediar entre dos diferentes señales físicas. Las células retinales que aparecen en la narración de Dawkins están conectadas con células horizontales; éstas desplazan la información lateralmente entre fotorreceptores a fin de suavizar la señal visual. Las células amacrinas actúan para filtrar la señal. Células bipolares comunican información visual luego a células ganglionares, que a su vez conducen la información al nervio óptico. El sistema presenta todas las indicaciones de estar plenamente integrado, con todas sus piezas mutuamente dependientes.
Así reaparece el mismísimo problema que la teoría de Darwin pretendía soslayar. Igual que vibraciones que se transmiten por una tela de araña, los cambios en cualquier parte del ojo, si son para una mejora de la visión, deben ocasionar cambios en todo el conjunto del sistema óptico. Sin un aumento correlativo en el tamaño y la complejidad del nervio óptico, un aumento en la cantidad de membranas fotorreceptoras no puede tener ningún efecto. Un cambio en el nervio óptico debe a su vez inducir cambios neurológicos correspondientes en el cambio. Si estos cambios no suceden de forma simultánea, no tiene sentido hablar de ninguna ascensión gradual del Monte Improbable. Si no suceden de manera simultánea, no queda claro por qué vayan a suceder en absoluto.
El mismo problema reaparece al nivel de la bioquímica. Dawkins plantea la cuestión en términos de una burda anatomía. Cada cambio anatómico que describe exige una cantidad de etapas bioquímicas coordinadas. «Las etapas anatómicas y las estructuras que Darwin consideraba tan sencillas», observa el bioquímico Mike Behe en un provocador nuevo libro [La Caja Negra de Darwin], «involucran en realidad unos procesos bioquímicos pasmosamente complicados». Se precisa de un número de acontecimientos bioquímicos separados sencillamente para comenzar el proceso de combar una capa de proteínas para formar una lente. ¿Qué inicia la secuencia? ¿Cómo se coordina? ¿Y cómo se regula? Acerca de estas cuestiones absolutamente fundamentales, Dawkins no tiene absolutamente nada que decir.

¿Está mal diseñado, el ojo vertebrado?

Lamb nos dice que:

El ojo vertebrado, lejos de estar diseñado de manera inteligente, contiene numerosos defectos que atestiguan su origen evolutivo. Algunos de estos defectos degradan la calidad de la imagen, incluyendo una retina invertida que enfoca la luz para que pase a través de cuerpos celulares y neuronales antes de incidir sobre los fotorreceptores; hay vasos sanguíneos que se extienden a través de la superficie interior de la retina, arrojando indeseables sombras sobre la retina; fibras nerviosas que se juntan para introducirse por una sola abertura en la retina para transformarse en el nervio óptico, lo que da origen a un punto ciego.

Este argumento ha sido confrontado muchas veces. La respuesta final es esta: un sistema visual precisa de tres cosas: velocidad, resolución y sensibilidad. El cableado inverso no tiene efecto sobre la velocidad. Por lo que se refiere a la resolución, resulta en un diminuto punto ciego en cada ojo que queda compensado por el cerebro de modo que es virtualmente indetectable. Pero lo que se ignora a menudo es que para una alta sensibilidad se precisa de la retina invertida. Las células retinales exigen una cantidad muy elevada de oxígeno, y por ello un aporte muy grande de sangre. Las células sanguíneas absorben luz. Si las células de la sangre invaden las células retinales, el resultado puede ser la ceguera. Es el hecho de estar invertidas respecto a la luz lo que permite que las células retinales sean alimentadas por vasos sanguíneos que no bloquean la luz. Como se observa a menudo, calamares y pulpos tienen retinas «correctamente» cableadas que miran hacia afuera. Pero estos organismos son exotérmicos —no precisan de la misma alimentación de sangre para la retina.
Para una perspectiva ligeramente diferente acerca de este tema, remito a los lectores al ensayo —en inglés— de Richard Sternberg.

Sumario y Conclusiones

Sólo he proporcionado un bosquejo de reseña de unos pocos procesos clave que subyacen al desarrollo del ojo. Ni siquiera he expuesto los detalles bioquímicos y moleculares de la visión (para ello remito a los lectores al libro de Michael Behe, La Caja Negra de Darwin, o este artículo). Con todo, espero que este artículo haya transmitido a los lectores la razón de por qué los darwinistas están dando vueltas siempre a recocidos de crudos argumentos anatómicos, y que no pueden abordar la realidad profunda de toda la programación informática sobre unos pasmosos soportes de sistemas de tratamiento y plasmación de la información con una compleja arquitectura de maquinaria bioquímica mediante lo que se consigue llevar a buen fin la formación de todo el complejísimo sistema visual, desde los sistemas ópticos y automatismos de enfoque, a todo el análisis y tratamiento informático de imagen en la retina, y la transmisión a las áreas del cerebro que reciben y finalmente integran esta información, de la que, a nivel humano, llegamos a tener conciencia personal.

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Charles Darwin y la teoría de la evolución parecen cosas equivalentes. Sin embargo, muchos biólogos evolutivos han observado que han sucedido muchas cosas en biología evolutiva desde la muerte de Darwin. Algunos incluso critican a los creacionistas por usar el término «darwinismo» para referirse a la evolución, aunque con frecuencia es también la costumbre de los evolucionistas (p. ej., Genome Research: «Genomics and Darwinism»). Pero últimamente hay un movimiento para eclipsar al viejo Darwin y eliminar totalmente su nombre de la teoría de la evolución. Algunos incluso consideran su principal idea, la selección natural, como un impedimento para el progreso en este campo.
En una carta a Science del 29 de agosto, U. Kutschera de la Universidad de Kassel, en Alemania, sugería la sustitución de «darwinismo» por «biología evolutiva», un término acuñado por Julian Huxley. Esto se debe a que la teoría de la evolución se ha expandido mucho más allá del limitado dominio de Darwin a otras disciplinas como la geología y la informática. También observaba, no obstante, que «necesitamos otra actualización de nuestros conceptos acerca de los mecanismos de la evolución», sugiriendo con ello que la selección natural es inadecuada.
Un ejemplo distintivo de la actitud de arrinconar a Darwin se vio claramente en una entrevista del 24 de agosto realizada por Susan Mazur a Stuart Newman en The Scoop, una agencia independiente de noticias de Nueva Zelanda. Mazur preguntaba a Newman acerca de su reciente participación en una conferencia a puerta cerrada de 16 biólogos evolutivos en Altenberg, Austria, el pasado julio (véase «Rebelión en el bando darwinista» con fecha de 7/03/2008 y el anticipo que hace Mazur de cuestiones polémicas en The Scoop con fecha de 6 de julio; para una lista de participantes y su declaración pública de los resultados de la reunión, véase el blog Rationally Speaking de fecha de 17 de julio). Algunos de los participantes querían formular una «síntesis evolutiva extendida» con menos selección natural y más de las nuevas perspectivas que han ido cuajando recientemente, como la autoorganización y epigenética. Algunos de ellos contemplan la selección natural como un mero filtro de eliminación selectiva después que otros mecanismos generasen las novedades que llevasen al origen de especies y de planes corporales. Estas ideas siguen siendo polémicas.
Newman describía por qué la autoorganización podría llegar a estructuras complejas. Para evitar malos entendidos, prefiere el término de «plasticidad fenotípica» —
La plasticidad no está solamente asociada con la autoorganización. El automontaje molecular puede también ser plástico. Se reconoce actualmente que muchas proteínas no poseen una estructura tridimensional intrínseca —sus formas y funciones cambian dependiendo de su microambiente, incluyendo otras proteínas que puedan estar presentes o no. La estructura y la función de los complejos macromoleculares pueden por ello cambiar de manera espectacular a lo largo del curso de la evolución con un cambio genético mínimo, o como efecto secundario de otros cambios, no impulsados por la adaptación. Esto es muy pertinente para la evolución de estructuras muy complejas como el flagelo bacteriano, un problema en el que insisten constantemente los fastidiosos proponentes del «Diseño Inteligente».
Newman nos dice aquí que las estructuras complejas compuestas de muchos componentes que los científicos del Diseño Inteligente considerarían como de complejidad irreducible, podrían aparecer espontáneamente, así —sin ninguna «fuerza evolutiva» de adaptación o de selección natural que impulse el proceso. Evidentemente, estas ideas suscitarán la sorpresa de los biólogos formados en el darwinismo tradicional.
Newman y Mazur se quejan de que los biólogos del sistema establecido no dan buena acogida a las nuevas ideas de autoorganización. Lo más interesante en el artículo de Mazur es la descripción vitriólica que hace ella de la «industria darwinista» que sigue vendida al tradicional adaptacionismo darwinista. Dice ella que aborrecen el concepto de autoorganización por miedo a que los miembros de la comunidad del diseño inteligente se aprovechen de la situación. Y expresa ella un desdén particular por el NCSE [por las siglas en inglés del Centro Nacional en pro de la Educación Científica, una organización materialista con una postura cerradamente (neo)darwinista], que «orienta a las escuelas en América acerca de qué libros de texto son apropiados».
La directora del Centro Nacional en pro de la Educación Científica, Eugenie Scott, me dijo que su organización no da soporte a la autoorganización porque se confunde con el diseño inteligente, esto es, «diseño independiente de leyes» —como lo describe Michael Behe, un bioquímico de la Universidad de LeHigh. El NCSE también paga unos lucrativos honorarios a los oradores en conferencias que mantienen bien cerrada la tapa de la autoorganización batiendo el tambor de la selección natural darwinista. El NCSE y sus compinches demonizan a la comunidad del diseño inteligente, incluso a aquellos que están de acuerdo en que hubo una evolución. La religión no es el blanco, porque incluso la Academia Nacional de las Ciencias admite la religión. De modo que parece que el verdadero blanco son aquellos que no se arrodillan ante la teoría darwinista de la selección natural e impiden el adicional engorde de la tenia enquistada de la industria darwinista.
La NAS [Academia Nacional de las Ciencias de los EE. UU.] y la NASA/NAI en sus respectivas publicacionesScience, Evolution and Creationism, y Astrobiology Primer también dejan de lado toda mención de la autoorganización. ¿Cuál es su respuesta ante esto? ¿Cuál es, a su parecer, la razón de que estas organizaciones sigan alimentando con desinformación al público a costa del erario público?
Algo sorprendido por esta manera tan directa de plantear la cuestión, Newman se mostró de acuerdo, pero con la limitación de que «Yo puedo no usar todos los términos que usted ha usado». Observó Newman que en el juicio de Dover, por ejemplo, se reforzó en la mente del público la idea de que «si crees en la evolución, crees en la teoría de la evolución según Darwin, porque es, se supone, lo mismo. Y si no crees en la teoría de Darwin, has de creer en algo sobrenatural». Mazur citaba luego en negritas su siguiente declaración:
Esto no es válido en absoluto y me parece que es un gran error porque sabemos que existen mecanismos no lineales y lo que yo designaré como saltacionales de desarrollo embrionario que pudieron haber contribuido —y estoy prácticamente seguro de que contribuyeron— a la evolución. Fue Darwin que dijo que si se demuestra que cualquier órgano se ha formado no por pequeños incrementos sino por saltos, su teoría sería por ello errónea. [énfasis en el original].
Newman parece estar dando a entender que, por el mismo criterio de Darwin, la teoría de la selección natural ha quedado refutada. Dice que es una «ortodoxia darwinista» que «todo tenga que ser incremental», incluyendo «algomuy complejo como el flagelo bacteriano o la columna vertebral segmentada, ellos afirman que tuvo que haber surgido de forma incremental». El automontaje y la autoorganización, cree Newman, pueden explicar estas cosas sin selección natural. «Me parece que es un desafortunado error el que están cometiendo algunos defensores de la evolución al adherirse de manera tan fuerte a este dogma ingrementalista darwiniano», que más adelante atribuía a unos «mecanismos inverosímiles e incorrectos». Mazur reaccionó calificando esto como una «ciencia mediocre impuesta sobre el público», y un «desperdicio de fondos públicos en un momento de una grave crisis económica en América».
Newman y Mazur pasaron luego a intercambiar opiniones acerca de cómo la financiación puede ser utilizada para perpetuar un consenso, incluso si el consenso es falso, y cómo el consenso controla la comunicación con el público. «Realmente mina la confianza en la ciencia si se somete constantemente a la gente a lo que llamamos un argumento gesticulante de que toda la complejidad tuvo que tener un origen incremental.» Sin embargo, el mismo Newman, cuando describe cómo la autoorganización podría producir un flagelo, parecía también limitarse a gesticular con las manos.
Esta no es la primera vez que los saltacionistas han atacado a los gradualistas. Forma parte de un tira y afloja periódico que sale a la superficie cada década o dos, porque los criados en el darwinismo y pertenecientes a los círculos académicos cerrados saben que el gradualismo por vía de la selección natural es «inverosímil e incorrecta». El Partido de Darwin se aferra a este gradualismo porque sabe que si el gradualismo se hunde, todo se pierde. No importa cómo se presente el saltacionismo, si con los nombres de equilibrio puntuado o de plasticidad fenotípica o de automontaje, todo esto equivale a milagros naturalistas. ¿Puede alguien creer de veras que un motor fuera borda compuesto por 40 piezas esenciales se automontó sin diseño? Esta fe evoca visiones de tornados en chatarrerías y de explosiones en imprentas. Los darwinistas saben que a los miembros del movimiento del diseño inteligente y a los creacionistas les encantan estas cosas. Facilita mucho su trabajo. Un dinosaurio pone un huevo, y sale un ave. ¡Fantástico!
Es cuestión de reflexionar y de no dejarse arrastrar por la teoría darwinista de la selección natural. ¡No permitamos que siga engordando la tenia de la industria darwinista! (¡Gracias, Susan, por esta pintoresca metáfora!) Por lo que respecta a los que no pertenecemos a la Iglesia de Darwin, y que usamos el cerebro y no la imaginación, preferimos aceptar nuestros milagros del Diseñador inteligente que tiene a la vez el propósito y el poder de realizarlos.

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