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¿Por qué los humanos preguntan por qué? Esta curiosidad impulsora, ¿refleja simplemente la superioridad intelectual de los humanos? Según la teoría evolucionista, las distinciones entre los humanos y las demás especies son cuestiones de grado, y no de tipo. ¿Qué revela la observación cuidadosa?

Aun los animales más curiosos tienden a explorar sus entornos inmediatos, incluyendo objetos (o animales) cercanos aproximadamente similares a su propio tamaño corporal. En contraste, los humanos exploran y analizan la gama completa de la realidad física, desde la parte más pequeña (como las partículas subatómicas) a la más grande (como racimos de superracimos de galaxias), sin hablar de cada cosa viva y cada parte de cada cosa viva que encuentran.

La curiosidad de otros animales se extiende poco y nada más allá del momento inmediato. Aun cuando las criaturas “almacenan” para la estación o “se preparan” para un suceso próximo, como un nacimiento, funcionan de formas modeladas por su instinto de supervivencia. Los humanos, por otra parte, quieren saber acerca de los primeros momentos de la vida, de la existencia cósmica y de los alcances más remotos del futuro. Los físicos de partículas hoy gastan miles de millones de dólares para aprender acerca de las condiciones cósmicas cuando el universo tenía sólo una fracción de segundo; otros astrónomos gastan miles de millones de dólares para aprender más acerca de cómo será el universo en un billón de billón de billón de años. La curiosidad humana se extiende aun a una esfera más allá del tiempo.

Mientras los animales intentan explorar y entender cosas y criaturas en su hábitat que puedan mantenerlos a ellos y a sus crías vivos, los seres humanos buscan los lugares más desolados y aun peligrosos sobre, dentro y más allá de la Tierra por la mera aventura y el placer de la exploración, o como parte de su imperecedera búsqueda de descifrar los misterios de su existencia. Mientras que los gatos pueden contentarse jugando con un hilo, con piedras o con un grillo saltarín, los humanos quieren entender todo lo que se puede saber acerca del hilo, las piedras y los grillos saltarines. Las aves miran los dibujos de las estrellas en el cielo nocturno para guiarlas en sus migraciones esenciales para la vida, pero los humanos buscan encontrarle sentido a los dibujos y entender la luz de las estrellas misma.

Si la diferencia entre la curiosidad humana y la de los demás animales fuera simplemente una cuestión de inteligencia superior (un supuesto beneficio para la supervivencia), uno esperaría ver que esta mayor curiosidad fuera surgiendo gradualmente en las especies animales más inteligentes y comunicativas. En cambio, vemos sólo modestos aumentos en el grado de curiosidad entre estos animales. Los delfines aprenden trucos y resuelven acertijos. Los chimpancés simplemente desarman cosas y las vuelven a armar.

Los humanos preguntan ¿Cuál es la naturaleza del universo? ¿Cuál es nuestro lugar en él? ¿De dónde surgió el universo y sus formas de vida? ¿Por qué todas las cosas son como son? (1) Los humanos son losúnicos animales que hacen estas preguntas y algunos individuos invierten (o arriesgan) sus vidas para obtener las respuestas. El evolucionista deberá explicar que característica en cualquier otro animal produjo este tipo de curiosidad.

La disposición para arriesgarlo todo por la curiosidad parecería contradecir el principio evolucionista de supervivencia del más apto. Desde una perspectiva bíblica (el modelo de la creación), sin embargo, la curiosidad humana tiene sentido. Dios hizo a las personas tan intensamente curiosas que, en su impulso por estudiar todos los aspectos del cosmos, incluyendo sus propias mentes y corazones, descubrirían pistas que apunten indudablemente hacia Él. (2)

Referencias
1. Stephen W. Hawking, A Brief History of Time (New York: Bantam Books, 1988), 171.
2. Ver Salmos 19:1-4, 50:6, 97:6.

En «La “Horrenda Duda” de Darwin: La Mente», hice notar:

Cosa irónica, en tanto que Darwin pudo haber dudado de la mente totalmente naturalizada y haber sentido horror acerca de ello, la mayoría de sus partidarios actuales la aceptan y se sienten espléndidamente. Y, sobre su propia base, su fe no puede ser refutada.

Esto ya está bien para ellos, porque la evidencia desde luego no les da respaldo. Pero la cultura coetánea sí que les da respaldo.

El exponente más claro de la cultura coetánea es el filósofo Alex Rosenberg, de la Universidad de Duke, que aboga por el cientismo con todo orgullo. «La ciencia proporciona todas las verdades significativas acerca de la realidad, y el conocimiento de esas verdades es de lo que trata el verdadero conocimiento». En otro lugar escribe así:

En último término, la ciencia y el cientismo van a abandonar como ilusoria la cosa misma que la experiencia consciente proclama de la manera más estentórea e insistente: la noción de que cuando pensamos, nuestros pensamientos son acerca de algo en absoluto, dentro o fuera de nuestras mentes.

Muchos investigadores neurocientíficos posdoctorales no lo expresarían exactamente así. Se limitarían a decir: «La mente es lo que el cerebro hace». Su afirmación no puede ser atacada directamente debido a que es «ciencia», esto es, da respaldo al naturalismo.

En 2009, el columnista del New York Times David Brooks nos informaba que:

Cuando uno va a una conferencia académica, espera ver algunos profesores presuntuosos, con cara de gravedad y encanecidos dando discursos. Pero la gente que se presentó en la conferencia de la Sociedad de Neurociencia Social y Afectiva en el Bajo Manhattan el pasado fin de semana impactaban por su juventud, espontaneidad y atractivo. Las figuras pioneras en esta conferencia estaban en su treintena, y la mayoría de la investigación estaba siendo realizada por gente en sus veinte y tantos. Cuando hablabas con ellos, te sentías cerca del comienzo de algo extenso e importante.

Como la esperanza que él abriga:

Me siento con libertad de especular que esta investigación nos proporcionará nuevas categorías, que sustituirán categorías engañosas como «emoción» y «razón».

¿Por que son engañosas esas categorías? Porque se basan en la experiencia humana, no en afirmaciones acerca del cerebro.

En el campo «extenso e importante» de la neurociencia, nuevos libros a nivel popular han inundado el mercado, simplificando la complejidad de la conducta humana con la magia de la exploración del cerebro: Nudge (conseguir lo que uno quiere) y Blink (pensar sin pensamiento) dan una cierta impresión de estas tendencias.

Tanto los Estados Unidos como la Unión Europea están invirtiendo miles de millones de dólares en nuevos proyectos de levantar un mapa del cerebro humano. Pero muchos neurocientíficos se sienten preocupados de que hay más promesas que realizaciones. Para empezar, el método de toma de imágenes del cerebro (IRMf) desvela qué áreas del cerebro tienen altos niveles de oxígeno cuando una persona está pensando algo. Pero, simplemente, no puede decirnos qué es lo que la persona piensa, porque son muchos los centros del cerebro que están activos, y los que están activos pueden ser activados por muchas razones. Cada cerebro es único, de modo que los datos de los estudios se tienen que promediar. Pero los pensamientos no se promedian: pertenecen al individuo.

Doscientos cincuenta científicos están protestando contra el Proyecto Europeo del Cerebro Humano sobre la base de que una simulación computerizada propuesta no es realista para comprender la función del cerebro. De hecho, el principal efecto práctico de más y mejor neurociencia ha sido no la de consolidar, sino la de reventar suposiciones de la neurociencia convencional o leyendas populares:
  • El cerebro no se puede regenerar. En realidad el cerebro está constantemente ajustado y afinado por los usos a que se somete a lo largo de la vida.
  • El «cerebro reptiliano» explica la conducta humana reprensible. Esta idea se originó en la década de 1970, basada en que compartimos con los reptiles un área del cerebro cercana al tronco del encéfalo. De modo que algunos atribuyeron una conducta «reptiliana» a dicha área. La realidad es que la conducta socialmente reprensible está mediada por muchas áreas del cerebro.
  • Los humanos pueden repartirse entre pensadores de hemisferio izquierdo y de hemisferio derecho del cerebro. Estas declaraciones no tienen ninguna sólida base científica. Como Stephen M. Kosslyn y G. Wayne Miller lo expresaban en Wall Street Journal recientemente:
El cerebro no funciona una parte cada vez, sino como un solo sistema interactivo, con todas sus partes contribuyendo de manera concertada, como los neurocientificos han sabido desde mucho tiempo. La historia del cerebro izquierdo/cerebro derecho bien puede ser la madre de todas las leyendas urbanas: suena bien y parece tener sentido, pero, simplemente, no es verdad.
  • Usamos solamente el 10 por ciento de nuestros cerebros. Esto es difícilmente posible, porque las áreas no usadas serían probablemente reasignadas o eliminadas.
  • Las neuronas espejo son cruciales para cómo los primates (incluyendo los humanos) comprenden las acciones de otros. Esta idea de la década de los 1990s resultó en muchos artículos, pero más tarde:
Las revistas científicas publicaron unos burdos estudios, y las especulaciones acerca de  la capacidad de las neuronas espejo de informar «la comprensión de las acciones» del cerebro del primate corrieron desenfrenadas. Desde entonces, varios neurocientificos, Hickok entre ellos, han reevaluado las funciones desempeñadas por esas neuronas.
  • La dislexia está estrechamente asociada con la inteligencia. Veredicto: «El Sr. Gladwell tiene una reputación de trasladar la ciencia social a percepciones procesables. Pero los datos que respaldan la sorprendente declaración acerca de la dislexia son sumamente escasos».
  • Luego tenemos el neurocientífico que descubrió que, según su interpretación de las exploraciones cerebrales, él mismo era un psicópata, lo que le llevó a reevaluar su método.
  • Incluso New Scientist admite que la neurociencia se está ahogando en la incertidumbre y que, en todo caso, la acumulación de datos es solamente un comienzo.
Un giro inesperado de los acontecimientos es que hay una reacción creciente («neuroescepticismo») dentro de este campo de estudio. La publicación The Scientist admitía que hay problemas en una respetuosa reseña de un libro que aborda algunos de ellos:

«Los cerebros están de moda», reconocen Sally Satel y Scott O. Lilienfeld en Brainwashed [Lavado de cerebro], su «denuncia de una neurociencia carente de mente» (mayormente practicada no por neurocientíficos, resaltan ellos, sino por «neurogurus», entre otros). La mediagénica tecnología de la captación de imágenes del cerebro mediante IRMf ha transformado el cerebro, iluminado con puntos calientes metabólicos, en un emblema arco iris de la fe en que la ciencia pronto nos capacitará para explicar, controlar, denunciar, explotar o excusar cualquier tipo de conducta humana, desde comprar a mentir, desde anhelar a cometer crímenes.

¿«Neurogurus»? Ahora abundan esta clase de terminología y el neuroesencialismo («el uso de los términos de la neurociencia como prueba para las pretensiones que se hacen desde los contextos de la psicología o de la sociología») —cuando los neurocientíficos se comportan educadamente.

Cuando no se sienten tan inclinados a la cortesía, también se puede oír de neurobombo, neuro-sinsentidos, neurobasura (en el New Humanist), y, desde la vieja Europa, naturalmente, de «neuropavadas». Por no decir nada de ciencia de carga cúltica y de pseudo-profundidad.

En realidad, es algo insólito durante este reinado del naturalismo que surja tanta disidencia desde dentro de la disciplina, como está sucediendo en la neurociencia. La mayoría de los cosmólogos acomodan indemostrables cosmologías de multiversos, los investigadores sobre el origen de la vida protegen el naturalismo celosamente a pesar de su esterilidad, y los paleontólogos humanos son más numerosos que fósiles importantes, con los resultados usuales (mucho ruido y pocas nueces). ¿Por qué tendría que ser diferente la investigación acerca del cerebro humano?

En primer lugar, hay anomalías que no son tan fácilmente susceptibles de racionalización. Por ejemplo, el paciente que quedó significativamente privado de cerebro en un accidente, y que logró una extraordinaria recuperación. Y el hombre normal de 88 años cuyo cerebro nunca había tenido ninguna conexión entre las dos mitades (cuerpo calloso). Puede haber otros pacientes con condiciones tan anómalas como la del que acabamos de mencionar que pueden funcionar normalmente pero que nunca se presentan para una exploración del cerebro. Estos casos nos advierten que el cerebro no es meramente un objeto material como un automóvil, y que una mente no es meramente una ilusión que el mismo genera.

Hay también la situación de que la mayoría de la gente piensa en la neurociencia como una rama de la medicina. Esto tiende a fundamentar su práctica clínica en el mundo real.

De modo que sigue siendo convencional afirmar que la mente no es meramente el cerebro; incluso David Brooks, que escribió una novela sobre «psicología evolutiva» hace unos pocos años, está echándose atrás hasta cierto punto.

¿Acaso la resistencia de la neurociencia ante el materialismo presagia grandes cambios? Es difícil de decir. Si todo lo que queremos de una explicación es que sea naturalista, todos los demás valores pueden ser eludidos o ignorados. En futuras entradas abordaremos el enigma de la conciencia misma.

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La mayoría de las personas en sus cuarenta en la actualidad crecieron con la ciencia como el fin de la actividad del ateísmo naturalista. Desde su punto de vista, una explicación «científica» es aquella que describe un universo carente de significado, de valores o de propósito. Es así que la identificamos como explicación científica.

La ciencia no fue siempre comprendida en este sentido, y el nuevo enfoque tiene consecuencias. Por ejemplo, significa que la cosmología del multiverso puede consistir enteramente de suposiciones exentas de evidencia. Pero bien pocos cuestionan su posición como ciencia.

De hecho, el físico Carlo Rovelli suena particularmente anticuado cuando dice: «La ciencia no avanza con suposiciones». Esto depende de lo que uno considere avance. Si «ciencia» significa proyectos como deshacerse del Big Bang y del ajuste fino del universo —con independencia de la evidencia, porque huelen a teísmo— entonces las suposiciones son una estrategia aceptada y aceptable.

De la misma manera, los estudios sobre el origen de la vida son «científicos» hasta allí donde buscan un origen sin ninguna causa inteligente. Un siglo y medio de callejones sin salida no lleva a ningún replanteamiento; ni se lograría con todo un milenio de fracasos. Incluso si los teóricos probabilistas pueden demostrar, más allá de toda duda razonable, que se precisa de una causa inteligente, su correcta explicación sería descartada sin más porque no es «científica».

Y en los estudios sobre evolución humana, el punto de partida es que «los humanos son primates evolucionados, una ramita nada excepcional en el árbol de la vida, aunque, como otras ramitas, somos unos aparecidos accidentales». Una vez más, nadie intenta demostrar esta proposición. Y ningún descubrimiento que no dé respaldo a esta interpretación puede considerarse «ciencia». Cualquier tesis que sí respalde esta proposición, incluso si se afirma que los humanos son híbridos entre chimpancés y cerdos, puede considerarse ciencia.

De modo que el método «científico» de abordar la menos material de todas las entidades, la mente humana, significa interpretarla de una manera naturalista y materialista.

Darwin abrigaba dudas acerca de cómo el período Cámbrico se ajustaba a su teoría. Pero su «horrenda duda» tenía que ver con la mente humana:

Pero entonces siempre surge en mí la horrenda duda acerca de si las convicciones de la mente humana, que se ha desarrollado a partir de la mente de los animales inferiores, sin de ningún valor o en absoluto dignas de confianza. ¿Confiaría nadie en las convicciones de la mente de un mono, si es que hay convicciones algunas en tal mente?

En futuros artículos contemplaremos el «difícil problema» de la conciencia y los rompecabezas que el libre albedrío, el altruismo y la religión suscitan para el naturalismo. Además, haremos una exploración paralela de las expresiones de la cultura popular del naturalismo: declaraciones «evolucionistas» acerca de la psicología, la política, los negocios, el arte. Estas declaraciones son a menudo tomadas en serio por los líderes de opinión. A fin de cuentas, por muy estrafalarias que sean, sólo necesitan ser totalmente naturalistas para ser aceptables, al menos potencialmente, como ciencia.

La mayoría de explicaciones parciales o completas de la mente humana proponen uno de los siguientes modelos:
  • El cerebro genera al azar ilusiones que se autoorganizan como una «mente». La conducta, así, se explica mejor mediante el estudio de las neuronas (neurociencia) que por el estudio de una ilusoria «mente».
  • Nuestros antecesores hominoides transmitieron genes hipotéticos mediante la selección natural que actuaba sobre mutaciones aleatorias. Estos pretendidos (que no demostrados) genes resultan en nuestras actitudes, valores, creencias y conducta — erróneamente contemplados como el resultado de procesos del pensamiento (psicología evolutiva).
  • En la actualidad, unos genes identificados determinan la conducta, a la manera en que un interruptor de corriente controla un circuito. Estos incluyen el gen del «mal conductor», el gen de la infidelidad, y el gen liberal, para empezar. Sea que estas afirmaciones se correspondan o no con la manera en que funcionan los genes, los medios de divulgación de la ciencia popular los considera verosímiles porque son naturalistas. Esquivan ilusiones muy extendidas como las elecciones morales e intelectuales.
  • La conducta de nuestros primos primates puede explicar la nuestra porque somos chimpancés en un 98 por ciento. La adopción de una perspectiva naturalista significa nunca tener que hacer preguntas de sentido común como estas: Si el comportamiento de los chimpancés explica el nuestro, ¿por qué ellos no se desarrollaron como nosotros? El naturalismo simplemente no procesa esta clase de planteamientos. Es verdadero con independencia de las evidencias, y no puede ser refutado por fallos probatorios.
  • Los entusiastas de la Inteligencia Artificial esperan crear máquinas conscientes con una inteligencia superior, en resumen, una mente material. Según algunos, 2020 es el año apocalíptico vigente. Nos acomodaremos a este enfoque, aunque sólo sea porque tantos se lo toman en serio. Otra vez, por absurdo que sea, si es naturalista, es ciencia.
Cosa irónica, en tanto que Darwin pudo haber dudado de la mente totalmente naturalizada y haber sentido horror acerca de ello, la mayoría de sus partidarios actuales la aceptan y se sienten espléndidamente. Y, sobre su propia base, su fe no puede ser refutada.



Viktor Frankl, un superviviente del Holocausto que padeció los horrores de Auschwitz, comentaba sagazmente acerca de la manera en que el moderno pensamiento europeo había ayudado a despejar el camino para las atrocidades nazis (y sus propios sufrimientos). Decía: «Si presentamos a un hombre un concepto del hombre que no es cierto, podremos llegar a corromperlo. Cuando presentamos al hombre como un autómata de reflejos, como una máquina mental, como un manojo de instintos, como un instrumento de impulsos y reacciones, como un mero producto del instinto, de la herencia y del medio, alimentamos el nihilismo al que en todo caso es propenso el hombre moderno». Frankl continuaba: «Me familiaricé con la última etapa de tal corrupción en mi segundo campo de concentración, Auschwitz. Las cámaras de gas de Auschwitz fueron la consecuencia final de la teoría de que el hombre no es nada más que producto de la herencia y del medio ambiente —o, como les gustaba decir a los nazis, de “sangre y suelo”. Estoy absolutamente convencido de que las cámaras de gas de Auschwitz, Treblinka y Maidanek fueron preparadas en último término no en este o aquel Ministerio en Berlín, sino más bien en los escritorios y en las aulas de científicos y filósofos nihilistas».[1]
Como estudiante universitario cristiano en la década de 1970, fui llevado al estudio de la historia intelectual de la Europamoderna en parte por la conciencia de que mucho del pensamiento moderno había conducido a la degradación de la humanidad, tal como sugería Frankl. Mi interés fue estimulado originalmente por la lectura de C. S. Lewis, especialmente La abolición del hombre, y por diversas obras de Francis Schaeffer, pero quedó reforzado por cursos que estudié acerca de historia del pensamiento y de historia de la filosofía. En mis estudios personales, me sentí descorazonado ante la visión de la humanidad que aparecía bosquejada en la obra de B. F. Skinner Más allá de la libertad y de la dignidad, que me parecía que llevaría a distopías, como las que aparecía en las ficciones de 1984 y de Un mundo feliz, o a la real como la descrita por Alexander Solzenitsyn en sus novelas y en Archipiélago Gulag.
Unos pocos pensadores modernos habían criticado específicamente el punto de vista «antropocéntrico» de que los humanos son especiales, hechos a imagen de Dios. En el siglo diecinueve y a principios del veinte, por ejemplo, el célebre darwinista alemán Ernst Haeckel, lanzó un ataque contra el cristianismo por proponer una visión «antropocéntrica» y dualista de la humanidad.[2] En la actualidad, el famoso bioeticista Peter Singer, junto con el biólogo darwinista ateo Richard Dawkins, argumentan que en base de una comprensión darwinista del origen del hombre, tenemos de eliminar la santidad de la vida humana, y despojarnos de cualquier concepto de que los humanos estén creados a imagen de Dios y por ello excepcionalmente valiosos.[3] Un ecólogo evolutivo de la Universidad de Texas, Eric Pianka, lucha abiertamente en contra del antropocentrismo, incluso hasta expresar el deseo de que el 90% de la población humana sea extinguida, quizá por una pandemia.[4]
Sin embargo, frecuentemente los pensadores modernos han enmascarado la influencia deshumanizadora de sus ideas designando a su filosofía como un «humanismo» de una forma o de otra, implicando que sus perspectivas enaltecen a la humanidad. Sin embargo, la mayoría de los intentos de enaltecer a la humanidad han resultado irónicamente en una disminución de la humanidad, lo que demuestra la verdad bíblica de que «el que se enaltece será humillado».
Tras el eclipse del Romanticismo en la Europa de mediados del siglo diecinueve, muchos intelectuales abrazaron la ciencia como el árbitro único del conocimiento, incluyendo el conocimiento acerca de la humanidad y de la sociedad. El célebre pero voluble pensador francés Auguste Comte consiguió muchos discípulos para su filosofía del positivismo, que rechazaba cualquier conocimiento que no se obtuviera mediante una investigación empírica, científica (excepto, naturalmente que este fundamento epistemológico mismo no es susceptible de demostración empírica, de modo que me parece que su epistemología se autocontradice). Comte esperaba iniciar el estudio científico de la sociedad, y acuñó el término «sociología» para esta empresa. Se sentía optimista en cuanto a que un estudio científico de la humanidad llevaría a los humanos a la práctica del altruismo, otro término que él acuñó. Aunque Comte consideraba incognoscible toda metafísica, incluyendo la religión, quería crear una religión de la humanidad, que situaría a los humanos en el más elevado pedestal. La mayoría de los discípulos de Comte, como John Stuart Mill, abrazaron su epistemología positivista, pero rechazaron su religión de la humanidad, especialmente en la ridícula forma en que la propuso en sus escritos posteriores (que involucraba muchas prácticas religiosas específicas, incluyendo orar a una mujer que uno admirase).
Aunque no se destacó tanto como el positivismo durante el siglo diecinueve, el materialismo también creció en influencia a mediados de dicho siglo. Aunque el positivismo rechazaba todas las posturas metafísicas, incluyendo las materialistas, compartía sin embargo muchos rasgos con el materialismo. Tanto los materialistas como los positivistas hacían un ídolo de la ciencia como el único camino al conocimiento. Pero al extender la investigación científica a la humanidad misma, hicieron suposiciones acerca de la naturaleza humana que no eran susceptibles de investigación científica. Fundamentalmente, descartaron el dualismo cuerpo-alma, con lo que redujeron a la humanidad a materia en movimiento. Además, su insistencia en que el método científico podría proporcionar conocimiento acerca de todas las características de la vida humana los llevó a abrazar el determinismo. Hacia finales del siglo diecinueve, algunos pensadores destacados estaban manifestándose en contra del reduccionismo y del determinismo, pero fue en este siglo que estos puntos de vista llegaron a ser predominantes hasta el punto que Francis Galton, primo de Charles Darwin y fundador del movimiento de la eugenesia, acuñó la frase «naturaleza frente a crianza [nature versus nurture]» para plantear el debate intelectual acerca de la humanidad. La frase de Galton sigue citándose de manera generalizada en las discusiones intelectuales acerca de la conducta humana.
Galton y muchos de sus coetáneos rechazaron el libre albedrío, afirmando con una lógica circular que la ciencia había refutado este concepto religioso supuestamente anticuado. (Se trata de un razonamiento en círculo vicioso debido a que habían definido la ciencia de modo que el libre albedrío quedase excluido, y luego pretendían que la ciencia refutaba el libre albedrío.) Su insistencia en el determinismo llevó a la marginalización de los conceptos religiosos o espirituales de la naturaleza humana. Los nuevos campos de la psicología, sociología y antropología, que sólo quedaron institucionalizados a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, abrazaron en general esta perspectiva determinista de la conducta humana.
Al rechazar el libre albedrío y abrazar el determinismo, Galton y sus contemporáneos quedaron con tres opciones principales: los humanos eran o bien resultado de su constitución biológica, o bien resultado de su entorno, o bien resultado de alguna combinación de la herencia y del ambiente. Cualquier forma de determinismo (o de sus combinaciones) reduce a los humanos a estímulos desde influencias bien internas, bien externas. Niegan la agencia humana independiente, y con ello despojan a la humanidad de cualquier responsabilidad moral.
A mediados del siglo diecinueve, el determinismo ambiental o educacional era más dominante que el determinismo biológico. El filósofo Maurice Mandelbaum argumenta que una de las ideas dominantes de la filosofía del siglo diecinueve era la «maleabilidad del hombre», es decir, la idea de que la naturaleza humana está conformada mayormente por fuerzas externas, como la cultura, la educación y la formación.[5] El padre de John Stuart Mill es un ejemplo de esta perspectiva, con su rigurosa educación de su hijo desde la más tierna edad. Mill llegó a ser la principal voz en Europa pregonando el poder de la educación y de la formación en la conformación del intelecto y de la conducta del hombre. Muchos liberales y socialistas de mediados del siglo diecinueve abrazaron esta visión del determinismo ambiental.
Karl Marx es un destacado ejemplo de un socialista comprometido con el determinismo ambiental. A su perspectiva la denominó «socialismo científico» porque creía que su análisis estaba basado en unas leyes económicas y sociales inmutables. Estaba convencido de que las instituciones sociales e incluso la naturaleza humana misma estaban conformadas por fuerzas económicas. Si cambiaban las condiciones económicas, la naturaleza humana cambiaría de manera correspondiente. Desde el punto de vista de Marx, la propiedad privada era la fuente de todos los males en la sociedad humana, especialmente la opresión de los obreros urbanos por los capitalistas burgueses. Así, la propiedad privada generaba una lucha de clases en todas las épocas. La religión, la moralidad, el derecho, las estructuras políticas, y otras instituciones y factores culturales, eran meramente instrumentos en manos de las clases pudientes para oprimir a las masas desposeídas.
El motivo primordial de Marx no era establecer la igualdad entre los hombres, aunque su filosofía socialista tendía hacia el establecimiento de una mayor igualdad. Más bien, la principal preocupación de Marx era liberar a la humanidad de la opresión y tiranía. Este es un objetivo digno de encomio, y cualquiera que haya leído El Capital de Marx o la obra de Friedrich Engels La condición de la clase obrera en 1844 debería reconocer que Marx tenía un fundamento legítimo para la queja. Muchos obreros de fábricas, por no mencionar los desempleados, vivían en una sórdida miseria. Marx criticó con fundamento los efectos deshumanizantes de la Revolución Industrial. Sin embargo, cuando examinamos las prácticas de los regímenes marxistas en el siglo veinte, observamos una opresión y una tiranía hasta unos extremos increíbles. La búsqueda en pos de la libertad dio unos resultados completamente opuestos. ¿Por qué?
Sugiero que esto se debió fundamentalmente debido a la defectuosa perspectiva de Marx acerca de la naturaleza humana. Ni Lenin ni Stalin, ni Mao ni Pol Pot, ni Castro ni ningún otro dirigente marxista han podido alterar la naturaleza humana librando a sus sociedades de la propiedad privada. Cambiar la economía no podía producir la utopía, porque la conducta humana no está determinada solamente por la economía. La filosofía marxista fracasó porque negaba a la humanidad su naturaleza espiritual, su libre albedrío y también negaba la insistencia cristiana acerca del pecado original. Alexander Solzenitsyn hizo una clara descripción del problema soviético en el intento de alterar la naturaleza humana en su novela Un día en la vida de Ivan Denisovich. En esta novela, los presos en el campo de trabajos forzados soviético, que se supone que están siendo reeducados para convertirlos en buenos ciudadanos soviéticos, siguen actuando como capitalistas en todas las maneras posibles, incluso estando encarcelados. El protagonista expresa en cierto momento que sencillamente el régimen soviético no le podía cambiar su naturaleza.
Hacia finales del siglo diecinueve, especialmente en la década de 1890, el péndulo osciló alejándose del determinismo ambiental, y el determinismo biológico aumento su influencia entre los pensadores europeos. Galton fue una figura fundamental en este cambio, con la publicación de su obra seminal Genio hereditario, en 1869. La influencia de Galton fue profunda, especialmente al convencer a su primo Charles Darwin de que la herencia era más importante que las influencias ambientales en la conformación del intelecto y de la conducta de los humanos. Muchos darwinistas hacia finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte llegaron a creer —como también Galton y Darwin— que muchos rasgos del carácter humano, como la lealtad, la sobriedad y la diligencia (o, en los aspectos negativos, la capacidad para el engaño y la pereza) eran rasgos biológicamente innatos, no rasgos morales maleables, como la mayoría de los europeos habían creído antes.
Darwinistas en diversos campos —especialmente en biología, medicina, psiquiatría y antropología— fueron pioneros en promover el determinismo biológico. Cesare Lombroso, el famoso psiquiatra italiano que fundó la antropología criminal, erigió su ideología sobre el darwinismo. Razonó que los criminales eran seres atávicos, un salto atrás a antecesores en el proceso evolutivo. Su mayor fama la obtuvo por promover la idea de que la criminalidad era hereditaria, no resultado de la influencia ambiental. Uno de los más destacados popularizadores del darwinismo en Alemania, el famoso materialista Ludwig Büchner, publicó en 1882 El poder de la herencia y su influencia sobre el progreso moral y mental de la humanidad.En medio de su extenso argumento en favor del determinismo biológico de los rasgos mentales y morales, Büchner expuso adónde llevaba su concepción de la humanidad. Dijo: «En el decurso [del tiempo] el individuo no es nada, la especie lo es todo, y la historia, igual que la naturaleza, marca cada uno de sus pasos hacia adelante, incluso el más nimio, con innumerables montones de cadáveres».[6]
Para la década de 1890, y especialmente a principios del siglo veinte, el movimiento de la eugenesia consiguió popularidad, especialmente en los círculos médicos, tanto en Europa como en los Estados Unidos. La eugenesia estaba impulsada en parte por temores de que las modernas instituciones habían eliminado los aspectos ventajosos de la selección natural. Los eugenistas jugaban constantemente con el espectro de humanos débiles y enfermizos preservados gracias a la medicina moderna, a la higiene y a las instituciones de caridad, mientras que los más inteligentes y supuestamente mejores entre los seres humanos estaban comenzando a restringir voluntariamente su reproducción. Esto estaba produciendo una degeneración biológica, según el parecer de muchos eugenistas. ¿Su solución? Introducir una selección artificial restringiendo la reproducción de los supuestos «inferiores» y alentando a los «superiores» a procrear. El determinismo biológico impregnaba el movimiento de la eugenesia, que presionó para que se estableciesen restricciones al matrimonio, esterilizaciones obligatorias y a veces incluso la eutanasia involuntaria para los incapacitados, porque se les consideraba como biológicamente inferiores.
Otra característica destacada del determinismo biológico de principios del siglo veinte fue su énfasis en la desigualdad racial. En Europa, las ideologías racistas proliferaron en la década de 1890 y a principios del siglo veinte, en parte bajo la influencia del darwinismo y del determinismo biológico. Muchos biólogos, antropólogos y médicos consideraban a los africanos negros o a los indios americanos como menos evolucionados que los europeos. Al ir los europeos colonizando inmensas regiones del globo, muchos científicos proclamaron que los no europeos eran culturalmente inferiores a los europeos. Además, creían que estas diferencias culturales eran manifestaciones de una inferioridad biológica.
Al reducir la humanidad a su constitución biológica, estos deterministas biológicos inspirados en Darwin contribuyeron al proceso de deshumanización. Muchos darwinistas del siglo diecinueve resaltaron las continuidades entre humanos y animales, con Charles Darwin mismo argumentando que todas las diferencias entre humanos y animales eran cuantitativas, no cualitativas. Darwin incluso emprendió explicar el origen de la moralidad como producto de procesos evolutivos completamente naturalistas. La idea de que los humanos fueron «creados a partir de animales», para usar una célebre frase de Darwin, en lugar de ser creados a la imagen de Dios, obtuvo una más amplia aceptación en el siglo diecinueve.
Así como una forma de determinismo ambiental —el marxismo— produjo unos incalculables padecimientos para millones de seres humanos, lo mismo sucedió con el determinismo biológico. El Nacional Socialismo de Adolf Hitler se basaba en una visión de determinismo biológico de la humanidad que destacaba la desigualdad racial. El nazismo respaldó la discriminación —y en último término la supresión física— contra aquellos con rasgos biológicos pretendidamente inferiores. Por otra parte, tenía la esperanza de promover el progreso evolutivo de la especie humana promoviendo niveles reproductivos más elevados de los que se consideraban como biológicamente superiores. El régimen de Hitler acabó matando alrededor de 200.000 alemanes discapacitados, 6 millones de judíos, y centenas de millares de gitanos, en su esfuerzo por mejorar la raza humana.[7]
En tanto que muchos modernos pensadores, especialmente científicos, psicólogos y científicos sociales, han abrazado una u otra forma de determinismo, muchos pensadores han seguido al filólogo y filósofo del siglo diecinueve Nietzsche en su rebelión contra el determinismo. Nietzsche intentó rescatar a la humanidad del reduccionismo científico postulando una libertad individual radical. Creía que todo conocimiento y toda verdad son creados por los humanos, no impuestos sobre nosotros por alguna realidad externa. No podemos responsabilizar al ambiente, ni a la biología ni a Dios de nuestro carácter y conducta. Nietzsche rechazó la idea de que los humanos tengan unas naturalezas o esencias fijas. Más bien, se trata de que las decisiones que tomemos individualmente conforman nuestro destino. Muchos existencialistas y pensadores postmodernos posteriores se han regocijado en la liberación ofrecida por Nietzsche frente al reduccionismo y al determinismo.
Aunque pudiera parecer que el énfasis de Nietzsche en el libre albedrío rescata a la humanidad de las degradantes filosofías del determinismo ambiental o del biológico, en realidad no hace tal cosa. Sólo eleva a una pequeña elite de la humanidad, a quien Nietzsche designó como el Superhombre, o más literalmente, el Sobrehombre. La libertad de Nietzsche era libertad sólo para estos Superhombres, los genios creativos (como él mismo) que se elevarían por encima de la masa vulgar. Nietzsche no sentía más que menosprecio por las masas, a las que consideraba como incapaces de ejercitar una verdadera libertad. Aquello que Nietzsche designó menospreciativamente como el «instinto de rebaño» de las masas sólo servía para llevarlas al sometimiento bajo el dominio del Superhombre.
Así, y a pesar de su insistencia sobre la libertad, la filosofía de Nietzsche es realmente una filosofía que se dirige a la creación de esclavos. En último término, el poder decide no sólo quien domina políticamente, sino también lo que cuenta como verdad. Nietzsche rechazó cualquier forma de verdad o moralidad fijas, socavando así el concepto mismo de humanidad y de derechos humanos. Nietzsche menospreciaba la debilidad, la compasión y el humanitarismo, prefiriendo la fuerza y el dominio prepotente. Fue especialmente vehemente en su rechazo de la ética cristiana, porque servía a los débiles y a los oprimidos. Su moralidad aristocrática buscaba justificar y beneficiar a los fuertes y prepotentes.
Durante el siglo veinte, muchos filósofos existencialistas, como Heidegger y Sartre, abrazaron los contornos generales de la filosofía de Nietzsche, negando que los humanos tengan ninguna esencia fija y resaltando un libre albedrío radical en las decisiones humanas. Pero, más adelante en el siglo veinte, muchos pensadores postmodernos, aunque fuertemente influidos por Nietzsche, han reducido el elemento de la agencia individual, todavía importante para Nietzsche. Muchos académicos literarios enfatizaban el texto escrito por encima del autor, que desaparecía de toda consideración. La intención humana devino irrelevante en la interpretación de los documentos humanos. Así, la deshumanización cayó en barrena aún más abajo, al interpretarse todos los valores humanos como construcciones sociales.
Ahora que he dado un bosquejo a grandes trazos de algunas de las influencias deshumanizadoras del pensamiento y de la cultura en la Europa moderna, quisiera sugerir por qué deberíamos considerarlo como importante. No todo determinismo ambiental lleva al marxismo, ni tampoco todo determinismo biológico lleva al Holocausto. No todo existencialismo o postmodernismo lleva tampoco a una conducta inmoral. Sin embargo, los falsos conceptos de la humanidad pueden llevar a una conducta destructiva y a políticas perjudiciales, tanto por parte de las sociedades como de los individuos. Pueden afectar y afectan a la manera en que tratamos a otros seres humanos. Los derechos humanos son un concepto sin significado en un mundo de determinismo o de constructivismo social (o individual).
La concepción subyacente acerca de la naturaleza humana en cualquier sociedad da forma a las instituciones políticas y sociales, al derecho, y a toda la cultura, y ello en aspectos de gran alcance. Lo recíproco es también cierto —los desarrollos políticos, sociales y legales en una sociedad influyen en su concepción de la naturaleza humana y de la dignidad de la vida humana. Aquellos que creen que los humanos han sido creados a imagen de Dios tendrán unos diferentes valores, ideales, prácticas e instituciones que aquellos que consideren a los humanos como meramente la suma de estímulos ambientales y biológicos, o que aquellos que crean que los humanos pueden crear cualesquiera verdades que deseen.
NOTAS
[1] Viktor E. Frankl, The Doctor and the Soul: From Psychotherapy to Logotherapy (Nueva York: Vintage Books, 1986), xxvii.
[2] Ernst Haeckel, Die Welträthsel: Gemeinverständliche Studien über Monistische Philosophie (Bonn: Emil Strauss, 1903), 11.
[3] Peter Singer, Writings on an Ethical Life (Nueva York, 2000), 77-78, 220-21; Richard Dawkins, «The Word Made Flesh»,The Guardian (27 de diciembre de 2001).
[4] Eric Pianka, «Biology 301M. Ecology, Evolution, and Society», en www.zo.utexas.edu/courses/bio301; accedido el 3-4-2006; «Student Evaluations [para el Dr. Pianka]—Primavera de 2004», en www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006; «Excerpts from Student Evaluations [for Dr. Pianka]—Fall 2004», en www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006.
[5] Maurice Mandelbaum, History, Man, and Reason: A Study in Nineteenth-Century Thought (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1971).
[6] Ludwig Büchner, Die Macht der Vererbung und ihr Einfluss auf den moralischen und geistigen Fortschritt der Menschheit(Leipzig: Ernst Günthers Verlag, 1882), 100.
[7] Véase Richard Weikart, From Darwin to Hitler: Evolutionary Ethics, Eugenics, and Racism in Germany (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2004); y mi próximo libro, Hitler’s Ethic.


Las primeras dos entregas de esta serie abordaron tres razones para el fenómeno conocido como el “nuevo ateísmo”. Esta fresca raza de ateísmo se distingue de sus predecesores por el comportamiento más militante (si bien no violento) y fervoroso de sus defensores, como Richard Dawkins (The God Delusion), Sam Harris (Letter to a Christian Nation), Christopher Hitchens (God Is Not Great) y Daniel Dennett (Breaking the Spell).

La primera parte de mi serie sugiere que, mientras los ateos tradicionales siempre han considerado a la religión como ilusoria, los nuevos ateos ahora la consideran como peligrosa debido al crecimiento del islamismo tradicional y la percepción de una mezcla de la religión y la física. La segunda parte trata de cómo el crecimiento del movimiento de Diseño Inteligente (DI) también contribuyó a este tipo de ateísmo más estridente.


En este artículo final, ofrezco dos factores adicionales que creo que impactan también en el fenómeno del nuevo ateísmo.


4. La preocupación última de la humanidad El teólogo filosófico Paul Tillich (1886-1965) sostenía que, independientemente de si una persona cree en la existencia en Dios, todos gravitan hacia lo que equivale a una “preocupación última”. En otras palabras, todos, incluyendo los ateos, identifican y buscan un tema esencial o fuente de valor en la vida. Para quienes rechazan la creencia en un Dios trascendente y personal, esta preocupación última puede ser asignada a una cuestión inmanente e impersonal, como el hedonismo, la etnicidad, la política y la ciencia.

Otros filósofos y teólogos han concordado con la perspectiva de Tillich, refiriéndose en consecuencia a los humanos como homo religiosus (“hombre religioso”). Aun cuando se rechace la expresión religiosa tradicional, los seres humanos tienen un instinto inherentemente espiritual que asume inevitablemente otras formas. Si la evaluación de Tillich de la humanidad es correcta, entonces los seres humanos, por su propia naturaleza, necesitan una “razón para ser”.


La Biblia parece concordar con esta evaluación. Dice que quienes rechazan al Dios vivo y verdadero participan en alguna forma de idolatría. El apóstol Pablo dice, con relación a las naciones paganas que rechazaron a Dios:


“Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador” (Romanos 1:25).


Desde una perspectiva bíblica, los seres humanos pueden rechazar la creencia en Dios pero no pueden despojarse de la religiosidad innata debido a que han sido creados a la imagen de Dios (Génesis 1:26-27).


Como filósofo cristiano, creo que esto explica ciertas cosas acerca de los incrédulos en general y de los ateos en particular. Los seres humanos pecadores se encuentran tironeados entre necesitar a Dios por un lado y desear su propia autonomía por el otro. Parte de la ferocidad del fenómeno del nuevo ateísmo surge de la incapacidad frustrante del ateo de separarse realmente de su necesidad espiritual del Creador.


5. La más grande de las grandes preguntas de la vida A los filósofos les encanta hablar de las denominadas “grandes preguntas” de la vida. Esto interrogantes involucran el origen y destino, los valores y el significado y propósito de la vida humanos. Sin embargo, la más grande de las grandes preguntas tiene que ver con la existencia de Dios. ¿Existe Dios? ¿Cómo puede ser conocido Dios? ¿Cuál es la relación de Dios con el cosmos y con la humanidad?

Como filósofo, no creo que ninguna cosmovisión sea verdaderamente neutral con relación a la pregunta de Dios. Inevitablemente, todas las cosmovisiones afirman a Dios (teología) o lo niegan (ateología). Aun los agnósticos (que dicen no saber si Dios existe) viven sus vidas como si existiera Dios o viven como si no existiera (la mayoría escogen lo último, porque si no asistirían a cultos religiosos semana por medio).


Los nuevos ateos parecen consumidos por la pregunta de Dios por las diferentes razones que he identificado en esta serie. Sin embargo, creo que la razón última del nuevo ateísmo es el número 5: el hombre no puede vivir sin hacer frente a la pregunta de Dios. La creencia en Dios es la mayor de las ilusiones del hombre o es la mayor verdad y realidad del hombre. En cuanto a mí, la existencia de Dios da sentido a las realidades más significativas de la vida, como la ciencia, la matemática, la lógica y los valores, pero especialmente los seres humanos.



En la primera entrega de esta serie escribí acerca del fenómeno conocido como el “nuevo ateísmo”. En 2007, cuatro libros que apoyaban el ateísmo (el punto de vista de que no existe ningún Dios o dioses) fueron éxitos de librería. Estos cuatro jinetes del ateísmo incluyen a Richard Dawkins (The God Delusion), Sam Harris (Letter to a Christian Nation), Christopher Hitchens (God Is Not Great) y Daniel Dennett (Breaking the Spell).

En la primera parte indiqué dos de las cinco razones por las que estos nuevos ateos “frontales” son tan celosos de su cosmovisión. Mencioné que, mientras que los ateos tradicionales siempre han considerado a la religión como algo ilusorio, el crecimiento del islamismo radical y la percepción de una mezcla entre la religión y la política, entre otras cosas, han influido para que los nuevos ateos consideren ahora a la religión como peligrosa.


En este artículo analizaré un tercer factor que ha contribuido al surgimiento de este tipo más estridente de ateísmo.


3. Reacción al movimiento de Diseño Inteligente En la última década ha aparecido un nuevo movimiento en el mercado de las ideas que ha buscado cuestionar el paradigma darwiniano ateo y naturalista con relación al origen y el desarrollo de la vida sobre el planeta Tierra. Este nuevo movimiento es conocido como Diseño Inteligente (DI). Propugna el punto de vista “científico” de que la mejor forma de explicar la complejidad de la vida sobre este planeta es en términos de un agente causal inteligente. Algunos de los líderes de esta cruzada son Phillip Johnson, Michael Behe y William Dembski. Los esfuerzos de estos líderes y otros por hacer que el DI forme parte de los planes de estudio de ciencias en las escuelas públicas ha sido cuestionado en los tribunales acaloradamente en todo el país.

Los nuevos ateos, en términos generales, consideran que el DI es religión y no ciencia. También hacen equiparan al DI con el creacionismo de la tierra joven, el punto de vista científicamente erróneo de que Dios creó el mundo mediante un fiat divino unos seis a diez mil años atrás. Disgustados con los creacionistas de la tierra joven, los nuevos ateos consideran que toda la campaña de DI ha invadido su territorio, propiciando la religión bajo la apariencia de ciencia. Peor aún, los nuevos ateos creen que los defensores de DI recurren a la política para ganar una batalla que no puede ser ganada a través del análisis científico objetivo.


Lamentablemente, entre las tormentas de fuego y las controversias de los medios, las diversas diferencias entre las opiniones cristianas sobre el origen del universo (como el creacionismo de la tierra antigua y la evolución teísta) a menudo quedan relegadas. Los modelos alternativos que permiten la verificación científica y la invitan para determinar la credibilidad de sus explicaciones (como el modelo de creación de Reasons To Believe) terminan abandonados o ignorados.


Además, los nuevos ateos contribuyen a la lucha entre el darwinismo y el DI al proteger dogmáticamente a la evolución como un hecho irrefutable. (A decir verdad, los físicos tienen muchas menos inhibiciones para criticar las teorías de Einstein que los biólogos en su tratamiento de la teoría de Darwin.) En su nivel más puro, la empresa científica debería ser una búsqueda desapasionada y objetiva de la verdad acerca del mundo natural, sometiendo todas las teorías y modelos a verificaciones continuas y completas.


Sin embargo, parece que algunos dentro de la comunidad científica secular han decidido permitir sólo explicaciones naturalistas, y a todo el que cuestione su posición no se le otorgará un lugar en la mesa de la investigación científica. Muchos ateos dan la impresión de aferrarse a la teoría de la evolución con un fervor que parece religioso, como lo ilustran unos comentarios hechos por Dawkins:


“Es absolutamente seguro decir que si uno se encuentra con alguien que dice no creer en la evolución, esa persona es ignorante, estúpida o insana (o malvada, pero prefiero no considerar esto)”.

Si los ateos tienen razón en cuanto a que la religión es irracional e ilusoria, entonces al parecer el creacionismo recibiría una derrota mayor si los científicos seculares permitieran a sus defensores responsables un lugar en la mesa y luego falsaran desapasionadamente sus afirmaciones.


También, la cosmovisión cristiana probablemente sería considerada con mayor legitimidad si se percibiera que la ciencia es de gran valor para los creyentes. Los cristianos capacitados en las ciencias naturales pueden y deberían trabajar duro para ganar un lugar legítimo en la mesa de la investigación científica.


En la tercera parte de esta serie analizaré brevemente dos temas adicionales que creo que son útiles para entender el surgimiento del denominado nuevo ateísmo.




En 2007 cuatro libros sobre el ateísmo (el punto de vista de que no existe Dios o dioses) alcanzaron los primeros puestos entre los libros más vendidos. Estos libros fueron escritos por Richard Dawkins (The God Delusion), Sam Harris (Letter to a Christian Nation), Christopher Hitchens (God Is Not Great) y Daniel Dennett (Breaking the Spell), personas abiertamente ateas. Si bien los ateos constituyen un porcentaje relativamente pequeño de la población mundial, el denominado “nuevo ateísmo” ha logrado atraer una atención considerable a su filosofía de vida sin Dios. En oposición directa a la visión bíblica de que Dios creó la humanidad, los ateos insisten en que la humanidad creó a Dios.

Al observar el interés reciente en el pensamiento ateo, los creyentes religiosos se muestran perplejos ante el hecho de que los ateos dediquen tanto tiempo y energía a escribir libros para refutar lo que consideran una ilusión. Por ejemplo, he escuchado a cristianos decir que si bien ellos no creen en cosas como los duendes tampoco se involucran en esfuerzos acalorados para persuadir a otras personas que dejen de creer en este tipo de realidades inexistentes. Estos encuentros con los “ateos enojados” a menudo dejan a los creyentes en Dios preguntándose: “¿Por qué enojarse por algo que uno está sabe a ciencia cierta que no existe?”.


Existen varias razones para el estilo apasionado y frontal de estos nuevos ateos. Creo que hay factores causales que han contribuido a la variedad más militante (es decir, contencioso, combativo, pero no violento) de ateísmo representado en estos nuevos libros. Estas son dos de mis cinco razones (tres más mañana) de por qué los nuevos ateos se han vuelto más activistas y estridentes en su metodología.


1. El crecimiento del islamismo radical Muchos ateos tradicionales del pasado pensaban que, si las personas quieren malgastar sus vidas creyendo disparates religiosos, allá con ellos. No le quita el sueño al ateo. Sin embargo, con el surgimiento del islamismo radical y la guerra contra el terrorismo, los nuevos ateos ahora consideran que la religión es a la vez ilusoria y peligrosa. Para el ateo tradicional, mientras las personas religiosas mantenían sus supersticiones para sí, la religión era un fenómeno relativamente inofensivo (si bien irracional). Sin embargo, los nuevos ateos consideran que la religión hoy es una fuerza perniciosa en el mundo, tal vez la más perniciosa de todas.

Lamentablemente, algunos de estos mismos ateos no se dan cuenta de que las ideologías seculares del siglo XX han llevado a la muerte de decenas de millones de personas. La cantidad de muertos en las denominadas guerras “basadas en la religión” a lo largo de la historia (si bien moralmente lamentables y que, en cierto grado, minaban sus propias afirmaciones de verdad religiosas) es insignificante en comparación con el terror nefasto evidenciado en las purgas de Stalin y la Revolución Cultural de Mao. En contra de la afirmación de Richard Dawkins en The God Delusion, millones de personas han sido asesinadas por la filosofía comunista que hizo del ateísmo uno de sus rasgos definidores centrales (ver The Twilight of Atheism de Alister McGrath y What’s So Great About Christianity de Dinesh D’Souza).


2. La percepción de una mezcla entre religión y política Es probable que a los nuevos ateos también les preocupe la respuesta del presidente George W. Bush al crecimiento del islamismo militante. La percepción de que Bush considera la Guerra contra el Terror en términos religiosos parece inquietar a quienes abrazan una cosmovisión sin Dios. Sin embargo, el nuevo ateísmo probablemente esté motivado por la percepción general de que la política estadounidense está demasiado influenciada por personas que quieren mezclar la religión con la política (dejando de lado el principio de separación de la iglesia y el estado que los ateos admiran).

Los cristianos nunca han tenido un acuerdo universal acerca de cómo la iglesia debe relacionarse correctamente con el estado. Se han propiciado diversos enfoques a este dilema a lo largo de la historia de la iglesia, como la teocracia, los dos reinos de Lutero o las dos ciudades de Agustín. Sin embargo, algunos ateos no reconocen la tremenda influencia que las religiones bíblicas tuvieron sobre la fundación de la república estadounidense. Estados Unidos puede no haber sido una “nación cristiana” estrictamente, pero sus fundadores estaban modelados profundamente por ideas bíblicas acerca de la justicia y la libertad.


Es importante entender también que el islamismo radical sólo puede ser enfrentado exitosamente por una comunidad de personas que posee una filosofía de vida construida sobre un fundamente sólido y objetivo para realidades como la justicia y la verdad. La sabiduría y valentía para apostar una fuerza física y moral para derrotar elementos religiosos fanáticos necesitan estar fundadas en una cosmovisión que brinde una base adecuada para valores y virtudes objetivos. Las creencias de quienes desean proteger la civilización deben ser más fuertes que quienes quieren destruirla.


Los ateos y su cosmovisión del naturalismo, ¿tienen lo que se requiere para proteger a la civilización de quienes desean amenazarla con una tiranía y opresión religiosas descaminadas? Cuando observo la cultura europea, actualmente secular (poscristiana), tengo serias dudas. Piense en las palabras del filósofo escéptico John Stuart Mill cuando se trata de la necesidad de pararse y luchar:


“La guerra es algo desagradable, pero no lo más desagradable. El estado de sentimiento moral y patriótico deteriorado y degradado que piensa que nada justifica la guerra es mucho peor. La persona que no tiene nada por lo que está dispuesto a luchar, nada que sea más importante que su propia seguridad personal, es una criatura miserable y no tiene posibilidad alguna de ser libre a menos que se la obligue y se la mantenga así por los esfuerzos de hombres mejores que ella”.

 
En la segunda parte de esta serie analizaré tres otros temas que son útiles para entender el surgimiento del denominado nuevo ateísmo.

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