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El darwinismo y la evolución frente a la neurociencia

En «La “Horrenda Duda” de Darwin: La Mente», hice notar:

Cosa irónica, en tanto que Darwin pudo haber dudado de la mente totalmente naturalizada y haber sentido horror acerca de ello, la mayoría de sus partidarios actuales la aceptan y se sienten espléndidamente. Y, sobre su propia base, su fe no puede ser refutada.

Esto ya está bien para ellos, porque la evidencia desde luego no les da respaldo. Pero la cultura coetánea sí que les da respaldo.

El exponente más claro de la cultura coetánea es el filósofo Alex Rosenberg, de la Universidad de Duke, que aboga por el cientismo con todo orgullo. «La ciencia proporciona todas las verdades significativas acerca de la realidad, y el conocimiento de esas verdades es de lo que trata el verdadero conocimiento». En otro lugar escribe así:

En último término, la ciencia y el cientismo van a abandonar como ilusoria la cosa misma que la experiencia consciente proclama de la manera más estentórea e insistente: la noción de que cuando pensamos, nuestros pensamientos son acerca de algo en absoluto, dentro o fuera de nuestras mentes.

Muchos investigadores neurocientíficos posdoctorales no lo expresarían exactamente así. Se limitarían a decir: «La mente es lo que el cerebro hace». Su afirmación no puede ser atacada directamente debido a que es «ciencia», esto es, da respaldo al naturalismo.

En 2009, el columnista del New York Times David Brooks nos informaba que:

Cuando uno va a una conferencia académica, espera ver algunos profesores presuntuosos, con cara de gravedad y encanecidos dando discursos. Pero la gente que se presentó en la conferencia de la Sociedad de Neurociencia Social y Afectiva en el Bajo Manhattan el pasado fin de semana impactaban por su juventud, espontaneidad y atractivo. Las figuras pioneras en esta conferencia estaban en su treintena, y la mayoría de la investigación estaba siendo realizada por gente en sus veinte y tantos. Cuando hablabas con ellos, te sentías cerca del comienzo de algo extenso e importante.

Como la esperanza que él abriga:

Me siento con libertad de especular que esta investigación nos proporcionará nuevas categorías, que sustituirán categorías engañosas como «emoción» y «razón».

¿Por que son engañosas esas categorías? Porque se basan en la experiencia humana, no en afirmaciones acerca del cerebro.

En el campo «extenso e importante» de la neurociencia, nuevos libros a nivel popular han inundado el mercado, simplificando la complejidad de la conducta humana con la magia de la exploración del cerebro: Nudge (conseguir lo que uno quiere) y Blink (pensar sin pensamiento) dan una cierta impresión de estas tendencias.

Tanto los Estados Unidos como la Unión Europea están invirtiendo miles de millones de dólares en nuevos proyectos de levantar un mapa del cerebro humano. Pero muchos neurocientíficos se sienten preocupados de que hay más promesas que realizaciones. Para empezar, el método de toma de imágenes del cerebro (IRMf) desvela qué áreas del cerebro tienen altos niveles de oxígeno cuando una persona está pensando algo. Pero, simplemente, no puede decirnos qué es lo que la persona piensa, porque son muchos los centros del cerebro que están activos, y los que están activos pueden ser activados por muchas razones. Cada cerebro es único, de modo que los datos de los estudios se tienen que promediar. Pero los pensamientos no se promedian: pertenecen al individuo.

Doscientos cincuenta científicos están protestando contra el Proyecto Europeo del Cerebro Humano sobre la base de que una simulación computerizada propuesta no es realista para comprender la función del cerebro. De hecho, el principal efecto práctico de más y mejor neurociencia ha sido no la de consolidar, sino la de reventar suposiciones de la neurociencia convencional o leyendas populares:
  • El cerebro no se puede regenerar. En realidad el cerebro está constantemente ajustado y afinado por los usos a que se somete a lo largo de la vida.
  • El «cerebro reptiliano» explica la conducta humana reprensible. Esta idea se originó en la década de 1970, basada en que compartimos con los reptiles un área del cerebro cercana al tronco del encéfalo. De modo que algunos atribuyeron una conducta «reptiliana» a dicha área. La realidad es que la conducta socialmente reprensible está mediada por muchas áreas del cerebro.
  • Los humanos pueden repartirse entre pensadores de hemisferio izquierdo y de hemisferio derecho del cerebro. Estas declaraciones no tienen ninguna sólida base científica. Como Stephen M. Kosslyn y G. Wayne Miller lo expresaban en Wall Street Journal recientemente:
El cerebro no funciona una parte cada vez, sino como un solo sistema interactivo, con todas sus partes contribuyendo de manera concertada, como los neurocientificos han sabido desde mucho tiempo. La historia del cerebro izquierdo/cerebro derecho bien puede ser la madre de todas las leyendas urbanas: suena bien y parece tener sentido, pero, simplemente, no es verdad.
  • Usamos solamente el 10 por ciento de nuestros cerebros. Esto es difícilmente posible, porque las áreas no usadas serían probablemente reasignadas o eliminadas.
  • Las neuronas espejo son cruciales para cómo los primates (incluyendo los humanos) comprenden las acciones de otros. Esta idea de la década de los 1990s resultó en muchos artículos, pero más tarde:
Las revistas científicas publicaron unos burdos estudios, y las especulaciones acerca de  la capacidad de las neuronas espejo de informar «la comprensión de las acciones» del cerebro del primate corrieron desenfrenadas. Desde entonces, varios neurocientificos, Hickok entre ellos, han reevaluado las funciones desempeñadas por esas neuronas.
  • La dislexia está estrechamente asociada con la inteligencia. Veredicto: «El Sr. Gladwell tiene una reputación de trasladar la ciencia social a percepciones procesables. Pero los datos que respaldan la sorprendente declaración acerca de la dislexia son sumamente escasos».
  • Luego tenemos el neurocientífico que descubrió que, según su interpretación de las exploraciones cerebrales, él mismo era un psicópata, lo que le llevó a reevaluar su método.
  • Incluso New Scientist admite que la neurociencia se está ahogando en la incertidumbre y que, en todo caso, la acumulación de datos es solamente un comienzo.
Un giro inesperado de los acontecimientos es que hay una reacción creciente («neuroescepticismo») dentro de este campo de estudio. La publicación The Scientist admitía que hay problemas en una respetuosa reseña de un libro que aborda algunos de ellos:

«Los cerebros están de moda», reconocen Sally Satel y Scott O. Lilienfeld en Brainwashed [Lavado de cerebro], su «denuncia de una neurociencia carente de mente» (mayormente practicada no por neurocientíficos, resaltan ellos, sino por «neurogurus», entre otros). La mediagénica tecnología de la captación de imágenes del cerebro mediante IRMf ha transformado el cerebro, iluminado con puntos calientes metabólicos, en un emblema arco iris de la fe en que la ciencia pronto nos capacitará para explicar, controlar, denunciar, explotar o excusar cualquier tipo de conducta humana, desde comprar a mentir, desde anhelar a cometer crímenes.

¿«Neurogurus»? Ahora abundan esta clase de terminología y el neuroesencialismo («el uso de los términos de la neurociencia como prueba para las pretensiones que se hacen desde los contextos de la psicología o de la sociología») —cuando los neurocientíficos se comportan educadamente.

Cuando no se sienten tan inclinados a la cortesía, también se puede oír de neurobomboneuro-sinsentidosneurobasura (en el New Humanist), y, desde la vieja Europa, naturalmente, de «neuropavadas». Por no decir nada de ciencia de carga cúltica y de pseudo-profundidad.

En realidad, es algo insólito durante este reinado del naturalismo que surja tanta disidencia desde dentro de la disciplina, como está sucediendo en la neurociencia. La mayoría de los cosmólogos acomodan indemostrables cosmologías de multiversos, los investigadores sobre el origen de la vida protegen el naturalismo celosamente a pesar de su esterilidad, y los paleontólogos humanos son más numerosos que fósiles importantes, con los resultados usuales (mucho ruido y pocas nueces). ¿Por qué tendría que ser diferente la investigación acerca del cerebro humano?

En primer lugar, hay anomalías que no son tan fácilmente susceptibles de racionalización. Por ejemplo, el paciente que quedó significativamente privado de cerebro en un accidente, y que logró una extraordinaria recuperación. Y el hombre normal de 88 años cuyo cerebro nunca había tenido ninguna conexión entre las dos mitades (cuerpo calloso). Puede haber otros pacientes con condiciones tan anómalas como la del que acabamos de mencionar que pueden funcionar normalmente pero que nunca se presentan para una exploración del cerebro. Estos casos nos advierten que el cerebro no es meramente un objeto material como un automóvil, y que una mente no es meramente una ilusión que el mismo genera.

Hay también la situación de que la mayoría de la gente piensa en la neurociencia como una rama de la medicina. Esto tiende a fundamentar su práctica clínica en el mundo real.

De modo que sigue siendo convencional afirmar que la mente no es meramente el cerebro; incluso David Brooks, que escribió una novela sobre «psicología evolutiva» hace unos pocos años, está echándose atrás hasta cierto punto.

¿Acaso la resistencia de la neurociencia ante el materialismo presagia grandes cambios? Es difícil de decir. Si todo lo que queremos de una explicación es que sea naturalista, todos los demás valores pueden ser eludidos o ignorados. En futuras entradas abordaremos el enigma de la conciencia misma.

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