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Darwin en el banquillo: Las dudas de C. S. Lewis acerca del poder creador de la selección natural



C. S. Lewis sabía que la característica verdaderamente trascendental de la moderna teoría de la evolución no es su propuesta de que la vida tenga una dilatada historia, ni tan siquiera su aseveración de que humanos y simios comparten un antecesor común. No, la componente verdaderamente radical de la moderna teoría de la evolución es su insistencia en que la vida es producto de un proceso no dirigido. La aserción de que la evolución sea el producto del azar y la necesidad no es simplemente el producto de las febriles imaginaciones de los militantes «Nuevos Ateos» como el biólogo Richard Dawkins. Forma el núcleo mismo de la teoría darwinista ortodoxa, que afirma que el motor primordial de la evolución es un proceso carente de guía de una selección natural (o «supervivencia de los más aptos») operando sobre variaciones aleatorias en la naturaleza (mutaciones aleatorias, según los modernos evolucionistas).

El mismo Darwin dejó claro en repetidas ocasiones que la teoría de la evolución por selección natural  ni demandaba ni involucraba una guía inteligente. De hecho, según Darwin, su teoría de selección natural proporcionaba una refutación definitiva de la idea de que las características del mundo natural fuesen un reflejo de un diseño fruto de un designio deliberado:

El viejo argumento del designio en la naturaleza, tal como lo formula Paley, y que antes me parecía tan concluyente, falla, ahora que se ha descubierto la ley de la selección natural. Ya no podemos argumentar que, por ejemplo, la hermosa bisagra de un bivalvo tiene que haber sido hecha por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por el hombre. No parece haber más designio en la variabilidad de los seres biológicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en que sopla el viento.61

Si la selección natural era carente de guía según mantenía Darwin, también lo eran las variaciones en la naturaleza sobre las que actuaba la selección. Objetando a aquellos que aseveraban que las variaciones beneficiosas en la naturaleza podrían ser resultado de un diseño inteligente, Darwin declaró:

No se puede dar la más mínima razón a la creencia de que las variaciones ... que han sido la materia prima mediante la selección natural para la formación de los animales más perfectamente adaptados del mundo, incluyendo al hombre, fuesen guiadas de forma intencionada y especial. Por mucho que pudiéramos desearlo, difícilmente podemos seguir al Profesor Asa Gray en su creencia de «que la variación ha sido guiada siguiendo ciertas líneas beneficiosas», como una corriente «siguiendo unas determinadas y útiles líneas de irrigación».62

El punto de vista dominante en la actualidad en la comunidad científica sigue siendo esencialmente darwinista. En palabras de 38 premios Nobel que emitieron una declaración defendiendo la teoría de Darwin en 2005, la evolución es «el resultado de un proceso sin guía ni plan de variación al azar y de selección natural».63

Desde luego, es posible concebir una teoría de evolución dirigida, pero la teoría darwinista dominante no es esta teoría. La evolución darwinista, por definición, es un proceso sin dirección que produce novedades mediante una combinación de azar y necesidad. Pero, ¿puede un proceso así, fundamentalmente inconsciente y carente de dirección, crear la exquisita forma y función que se observa por todo el mundo natural? Lewis era escéptico.

Lewis afirmó que «no creo que un cristiano tenga por qué pelearse con el darwinismo como un teorema de la biología».64 Pero para Lewis, el «darwinismo como un teorema de la biología» era un asunto bastante modesto. En contra de muchos evolucionistas destacados, Lewis creía que «el teorema puramente biológico ... no hace afirmaciones cósmicas, ni afirmaciones metafísicas, ni afirmaciones escatológicas». Ni tampoco puede el darwinismo como teoría científica explicar muchos de los aspectos más importantes de la biología misma: «No explica por sí misma el origen de la vida orgánica, ni de las variaciones, ni considera el origen y la validez de la razón». Entonces, ¿qué es lo que puede explicar el mecanismo darwinista, según Lewis? «Concedido que ahora tenemos mentes en las que podemos confiar, concedido que la vida orgánica llegó a existir, intenta explicar, digamos, cómo una especie que una vez tuvo alas llegó a perderlas. Explica esto  por el efecto negativo del medio operando sobre pequeñas variaciones».65 En otras palabras, según Lewis, la teoría de Darwin explica cómo una especie puede cambiar con el paso del tiempo perdiendo estructuras funcionales que ya posee. Bastará decir que este no es el fenómeno clave que la moderna teoría de evolución biológica pretende explicar. Está claramente ausente de la descripción que hace Lewis ninguna confianza de que el mecanismo no guiado de Darwin pueda explicar la formación de  formas y características fundamentalmente nuevas de la biología. La selección natural puede eliminar un ala, pero, ¿puede construir un ala para empezar? Parece que Lewis no lo creía.

Una indicación adicional de hasta qué punto era Lewis escéptico acerca del poder creador de la selección natural aparece en una charla que dio al Club Socrático de la Universidad de Oxford en 1944. Allí Lewis afirmó que «la crítica bergsoniana del darwinismo ortodoxo no tiene fácil respuesta».66 Lewis se refería aquí a Henri Bergson (1859-1941), un filósofo natural francés y premio Nobel que ofreció una narrativa decididamente no darwinista de la evolución en su libro L'Evolution Creatice (La evolución creadora).67

Lewis leyó a Bergson por primera vez durante la Primera Guerra Mundial mientras se recuperaba de heridas de metralla sufridas en el frente, y la experiencia sobre Lewis fue profunda. En su autobiografía Surprised by Joy [Cautivado por la alegría], Lewis dijo que Bergson «tuvo un efecto revolucionario sobre mi perspectiva emocional. ... De él aprendí por primera vez a atesorar la energía, la fertilidad y la urgencia; los recursos, los triunfos, e incluso la insolencia, de las cosas que crecen». Lewis también se sentía agradecido a Bergson por haberle hecho «capaz de apreciar a artistas que, creo, no hubieran significado nada antes para mí; todas las resonantes, dogmáticas y ardientes e irrefutables personas como Beethoven, Tiziano (en sus cuadros mitológicos), Goethe, Dunbar, Píndaro, Christopher Wren, y los más exultantes de los Salmos».68 Lewis prosiguió releyenddo a Bergson en los años que siguieron mientras proseguía sus estudios en Oxford. Durante el verano de 1920 escribió a un amigo que estaba «leyendo a Bergson ahora y encuentro claras todo tipo de cosas que hace un año me dejaban perplejo».69 Un año antes escribió a su padre que estaba viviendo anticipando una visita de Bergson a Oxgord, pero comentó melancólicamente que «supongo que no lo veré ... a no ser que dé una conferencia».70 El impacto de Bergson sobre Lewis aparece indicado en la copia de Lewis de 1917 de L'Evolution Creatice, que está repleta de cuidadosas anotaciones y subrayados en la mayoría de sus casi 400 páginas.71

Bergson fue un crítico implacable del poder creador de la selección natural darwinista. Concedido que «la idea darwinista de adaptación por eliminación automática de los inadaptados es una idea simple y clara», él razonaba que precisamente «porque atribuye a la causa externa que controla la evolución una influencia meramente negativa, tiene una gran dificultad para explicar el desarrollo progresivo y, por así decirlo, rectilíneo de un aparato complejo» como el ojo vertebrado.72 Bergson resaltaba que la dependencia del darwinismo en variaciones accidentales como materia prima para la evolución hacía que el desarrollo de unas características sumamente coordinadas y complejas que se encuentran en el mundo biológico fuese nada menos que increíble. Este era el caso, con independencia de que las variaciones accidentales fuesen ligeras o grandes.

Como observaba Bergson, algunos darwinistas insistían en que las variaciones usadas por la evolución eran tan ligeras que no perturbarían la supervivencia del organismo: «Porque una diferencia que surge accidentalmente en un punto del aparato visual, si es muy ligera, no estorbará al funcionamiento del órgano; y por ello esta primera variación accidental puede, en un sentido, esperar que se acumulen las variaciones complementarias y elevar la visión a un grado más elevado de perfección». Bergson concedía este punto, pero luego observaba que el problema se acrecienta: «En tanto que la variación indetectable no perturba el funcionamiento del ojo, tampoco lo ayuda, en tanto que las variaciones que sean complementarias no tengan lugar. ¿Cómo, en tal caso, puede resultar la variación retenida por la selección natural? Inconscientemente, uno razona como si la ligera variación fuese una piedra labrada puesta por el organismo y reservada para tener su puesto específico para una construcción posterior». Pero «esta hipótesis» es obviamente «poco ajustable con el principio darwinista» que resalta que la selección natural actúa mecánicamente y sin previsión.73 Para soslayar este problema, otros darwinistas aseveraban que la evolución dependía de grandes variaciones accidentales que proporcionaban saltos evolutivos. «Pero aquí surge otro problema, no menos formidable», escribía Bergson: «es decir, cómo consiguen todas las partes del aparato visual, cambiado súbitamente, permanecer tan bien coordinadas de modo que el ojo siga ejerciendo su función? Porque el cambio de tan solo una parte hará imposible la visión, excepto que este cambio sea absolutamente infinitesimal. Las partes deben entonces cambiar todas a la vez, cada una de ellas consultando con las otras». Incluso «suponiendo que el azar haya concedido este favor una vez, ¿podemos admitir que repite este mismo favor en el curso de la historia de una especie, como para que cada vez dé origen, todo simultáneamente, a nuevas complicaciones maravillosamente reguladas en referencia mutua, y tan relacionadas con las anteriores complicaciones como para proseguir adelante en la misma dirección?».74

La total improbabilidad de la explicación darwinista aumenta exponencialmente cuando uno se da cuenta de con cuánta frecuencia se supone que las mismas complejas características biológicas surgieron independientemente en diferentes linajes evolutivos. En palabras de Bergson: «¿Qué probabilidad tenemos que, mediante dos series totalmente diferentes de accidentes añadidos juntos, dos evoluciones enteramente diferentes lleguen a resultados parecidos?».75 Toda la idea era increíble, según Bergson:

Una variación accidental, por exigua que sea, implica la operación de una gran cantidad de pequeñas causas físicas y químicas. Una acumulación de variaciones accidentales, como las que serían necesarias para producir una estructura compleja, exige por tanto la concurrencia de una cantidad casi infinita de causas infinitesimales. ¿Por qué iban estas causas, totalmente accidentales, recurrir las mismas, y en el mismo orden, en diferentes puntos del espacio y del tiempo?

Respondiendo a su propia pregunta, Bergson replicaba que «nadie mantendrá que esto sea así, y el mismo darwinista probablemente mantendrá simplemente que pueden surgir efectos idénticos de causas diferentes, que más de un camino lleva al mismo lugar». Pero este era un razonamiento falaz: «No nos dejemos engañar por una metáfora. El lugar alcanzado no da la forma del camino que lleva  al mismo; en tanto que una estructura orgánica es simplemente la acumulación de aquellas pequeñas diferencias por las que ha tenido que transcurrir la evolución a fin de conseguirla». Por tanto, «la lucha por la vida y la selección natural no pueden sernos útiles para resolver esta parte del problema, porque aquí no estamos interesados acerca de lo que ha perecido, tenemos sólo que ver con lo que ha sobrevivido».76

A partir de las extensas anotaciones que hizo Lewis en su copia personal de L'Evolution Creatice, queda claro que comprendía y apreciaba la crítica que Bergson hacía de la selección natural. Lewis resumió acertadamente el mecanismo darwinista de adaptación según Bergson como «la eliminación de los inaptos» y observó que «está claro que no puede explicar las complicadas semejanzas en líneas divergentes de evolución».77 Lewis observaba también la perspectiva de Bergson de que «el darwinismo puro tiene que depender de una maravillosa serie de accidentes», y cómo los darwinistas intentan «escapar» de esta verdad «mediante una mala metáfora».78 Lewis prestó atención particular  a la crítica que hace Bergson de las explicaciones darwinistas de la evolución del ojo en moluscos y vertebrados, concluyendo que «la selección natural ... fracasa en explicar estos ojos».79

La crítica que hace Bergson de la selección natural probablemente preparó el terreno para las dudas de Lewis acerca de Darwin, y puede ayudar a explicar el comentario de Lewis a su padre en 1925 en el sentido de que «Darwin y Spencer ... se levantan sobre un fundamento de arena».80 Pero el escepticismo de Lewis respecto de la selección natural fue alimentado por más que Bergson.

El desafío último a la selección natural darwinista, desde la perspectiva de Lewis, era el homber mismo. ¿Cómo podía un proceso material ciego así producir las excepcionales capacidades humanas de la razón y la conciencia? Lewis, naturalmente, distaba mucho de ser el primer intelectual en dudar de la capacidad del darwinismo para explicar al hombre. Alfred Russel Wallace, cofundador él mismo con Darwin de la moderna teoría de la evolución, suscitó las mismas dudas, como el zoólogo católico romano St. George Jackson Mivart, cuyo libro de gran venta The Genesis of Species [El génesis de las especies] hizo encolerizar a Darwin. Para refutar a los escépticos, Darwin respondió en 1871 con dos volúmenes y casi 900 páginas de prosa en su tratado The Descent of Man [El linaje del hombre], donde sostenía enérgicamente que la selección natural no guiada pudo producir perfectamente las facultades mentales y morales del hombre, muchas gracias.

Lewis pensaba de otro modo, y fue alimentado en sus dudas por un libro de uno de sus autores favoritos, G. K. Chesterton. Este libro era The Everlasting Man [El hombre eterno] (1922), que Lewis leyó por primera vez mediada la década de 1920. Cerca del final de su vida, Lewis puso The Everlasting Man en una lista de diez libros que «fueron los que más conformaron» su «actitud vocacional y ... filosofía de vida». En el Capítulo 2 de The Everlasting Man («Los profesores y los hombres prehistóricos»), Chesterton atacaba las pretensiones de los antropólogos que urdían detalladas teorías acerca de la cultura y de las capacidades del hombre primitivo basándose en unos pocos fragmentos de sílex y de huesos, probablemente inspirando la discusión acerca de «la idolatría de los artefactos» en The Problem of Pain [El problema del sufrimiento]. Pero Chesterton proporciona también en su libro un argumento exhaustivo de por qué el darwinismo no puede explicar las más altas capacidades del hombre. En palabras de Chesterton: «El Hombre no es meramente una evolución, sino más bien una revolución» cuyas facultades racionales están sumamente más avanzadas que las que se vean en los otros animales. Chesterton admitía la posibilidad de que en el Hombre «el cuerpo pueda haber evolucionado a partir de los brutos», pero insistía en que «no conocemos nada de ninguna transición de esta clase que arroje la más mínima luz sobre su alma tal como se ha puesto en evidencia en la historia».81 De nuevo: «Puede que haya un rastro discontinuo de piedras y huesos que sugiera levemente el desarrollo del cuerpo humano. No hay nada que sugiera ni levemente tal desarrollo de la mente humana».82

El libro de Chesterton preparó el terreno para la propia y oportuna crítica de Lewis de la selección natural con respecto al hombre —como lo hizo un volumen menos conocido, Theism and Humanism [Teísmo y Humanismo] (1915) de Sir Arthur Balfour. Balfour, más recordado hoy como el Primer Ministro británico que publicó la Declaración Balfour, adaptó Theism and Humanism de las Conferencias Gifford que había pronunciado en la Universidad de Glasgow en 1914. El propósito de Balfour era exponer a sus oyentes «que si queremos mantener el valor de nuestras más elevadas creencias y emociones, debemos encontrar para las mismas un origen congruente. La belleza ha de ser más que un accidente. La fuente de la moralidad tiene que ser moral. La fuente del conocimiento tiene que ser racional». Balfour creía que una vez «se conceda [este argumento], el Mecanismo queda excluido, el naturalismo queda excluido, el Agnosticismo queda excluido; y viene a ser inevitable, como creo yo, una forma elevada de Teísmo».83 Con respecto a la mente humana, Balfour sostenía que cualquier esfuerzo por explicar la mente en términos de causas materiales ciegas era autorrefutante: «Todos los credos que rehúsen ver un propósito inteligente detrás de las potencias inconscientes de la naturaleza material son intrínsecamente incongruentes. En el orden de la causalidad basan la razón en la sinrazón. En el orden de la lógica implican conclusiones que refutan sus propias premisas».84 Balfour ofreció una crítica similar de las explicaciones materialistas de la moralidad humana, que a él le parecía que destruían la moralidad al presentarla como el producto de procesos que son esencialmente no morales. Balfour pone especialmente en su mira a lo largo de su libro a las explicaciones darwinistas de la mente y de la moral.

No se sabe exactamente cuándo Lewis descubrió el libro Theism and Humanism. Su padre Albert poseía una copia de un libro anterior de Balfour, The Foundations of Belief [Los fundamentos de la fe] (1895), pero la primera mención conocida de Theism and Humanism fue en una conferencia en la década de 1940s.85 Más tarde lo puso en la lista como uno de los libros que más habían influido en su filosofía de vida,86 y sus argumentos básicos saltan a la vista en la obra de Lewis Miracles: A Preliminary Study [Los Milagros] (1947). Como observa Paul Ford, «La tesis e incluso el lenguaje de las primeras conferencias Gifford de Balfour impregnan los primeros cinco capítulos de Miracles».87

La edición revisada de 1960 de Miracles se reconoce en general como la obra que presenta la crítica más madura de Lewis sobre la capacidad del naturalismo/materialista de explicar las facultades racionales del hombre. Lo que es menos observado es el reto que el libro de Lewis presenta a la evolución darwinista en particular. Los evolucionistas teístas como Michael Peterson prefieren tratar el argumento de Lewis en Miracles como si tratase meramente acerca de un naturalismo filosófico genérico. pero el ejemplo específico de naturalismo que Lewis se esfuerza en atacar en su libro es la selección natural darwinista, no un naturalismo genérico de vainilla.

Tal como lo expresa Lewis, los naturalistas razonan que «el tipo de conducta mental que ahora llamamos pensamiento racional o inferencia tiene que ... haber “evolucionado” por selección natural, por la eliminación gradual de tipos menos idóneos para sobrevivir».88 Lewis negaba terminantemente que tal proceso darwinista pudiera haber producido la racionalidad humana: «La selección natural podría operar sólo eliminando respuestas biológicamente dañinas y multiplicando las que tendiesen a la supervivencia. Pero no es concebible que ninguna mejora de respuestas pudieran jamás convertirlas en actos de conocimiento, o que puedan siquiera remotamente tender a hacerlo así». Esto se debe a que «la relación entre respuesta y estímulo es absolutamente diferente de la que existe entre el conocimiento y la verdad conocida».89 La selección natural podría mejorar nuestras respuestas a estímulos desde el punto de vista de una supervivencia física sin jamás transformarlas en respuestas razonadas. Siguiendo a Balfour, Lewis pasa a argumentar que la atribución del desarrollo de la razón humana a un proceso no racional como la selección natural acaba minando nuestra confianza en la razón misma. Después de todo, si la razón es meramente un subproducto no intencionado de un proceso fundamentalmente no racional, ¿qué base nos queda para considerar sus conclusiones como objetivamente veraces?

Lewis sabía que el efecto corrosivo de una explicación darwinista de la mente no era meramente teórico. En su copia personal de la Autobiografía de Darwin, resaltó dos pasajes donde Darwin cuestionaba si se podría confiar en las conclusiones de una mente producida por un proceso darwinista. En el primer pasaje, Darwin reconocía «la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo el hombre ... como resultado de un azar ciego o necesidad. Cuando reflexiono así, me siento obligado a contemplar una Primera Causa que posee una mente inteligente en cierto grado análoga a la del hombre; y merezco ser llamado un Teísta». Darwin afirmó que esta conclusión «era fuerte en mi mente alrededor del tiempo ... cuando escribí El Origen de las Especies», aunque «desde aquel tiempo ... de manera muy gradual, con muchas fluctuaciones, se ha hecho más débil». Como resultado, ahora él, en sus palabras, «debo contentarme con permanecer como agnóstico». ¿Por qué se había hundido la confianza de Darwin en la existencia de una Primera Causa? Aparentemente porque se daba cuenta de las implicaciones de su teoría para la mente humana: «Pero luego surge la duda —puede la mente del hombre, que, como creo plenamente, se ha desarrollado de una mente tan baja como la que poseen los animales más inferiores, ser objeto de confianza cuando llega a unas conclusiones de tan grande alcance?»90 Lewis puso una «X» junto a esta reveladora admisión de Darwin, y subrayó una afirmación aun más fuerte de Darwin donde expresaba el mismo argumento tres páginas más adelante. En un pasaje de una carta escrita en 1881, Darwin expresaba su inconstante creencia de «que el Universo no es resultado del azar», y luego añadía: «Pero entonces siempre surge en mí la horrenda duda de si las convicciones de la mente del hombre, que se ha desarrollado a partir de la mente de animales inferiores, tienen ningún valor o son en absoluto dignas de confianza. ¿Confiaría nadie en las convicciones de la mente de un mono, si es que hay convicciones algunas en una mente así?»91 (subrayado por Lewis)

Lewis argumentaba que el teísta no tiene por qué sufrir unas dudas tan paralizadoras porque «no está comprometido con la perspectiva de que la razón sea un desarrollo comparativamente reciente moldeado por un proceso de selección que puede seleccionar sólo aquello que es biológicamente útil. para él, la razón —la razón de Dios— es anterior a la naturaleza, y de ella deriva el orden de la naturaleza, que es lo único que nos permite conocerla». Así, «los procesos preliminares dentro de la naturaleza que llevaron a» la mente humana —«si es que hubo ningunos»— «fueron diseñados para hacerlo así».92 En resumen, si hubo un proceso evolutivo que produjo la mente humana, no fue una evolución darwinista. Fue evolución por diseño inteligente.

Así como en Miracles Lewis rechazó la explicación darwinista para la mente humana porque minaba la validez de la razón, rechazó también la explicación darwinista de la moralidad porque minaría la autoridad de la moralidad al atribuirla a un proceso esencialmente no moral de supervivencia de los más aptos. Como cuestión práctica, Lewis cuestionó si el darwinismo podría realmente explicar el desarrollo de los rasgos morales humanos clave como la amistad o el amor romántico.93 Pero en Miracles presentó un punto más fundamental: Un proceso darwiinista «puede (o puede no) explicar por qué los hombres hacen de hecho juicios morales. No explica cómo pueden estar en lo cierto al hacerlos. De hecho, excluye la posibilidad misma de que estén en lo cierto».94 Según Lewis, al atribuir nuestras creencias y  prácticas morales completamente a causas inconscientes y no morales, los darwinistas socavaban la creencia de que las normas morales sean algo objetivamente verdadero o incluso la creencia de que algunas creencias morales sean objetivamente preferibles por encima de otras.

Después de todo, si las conductas y creencias humanas son en último término productos de la selección natural, entonces todas estas conductas y creencias tienen que ser igualmente preferibles. El mismo proceso darwinista que produce el instinto maternal también produce el infanticidio. El mismo proceso darwinista que genera amor también suscita el sadismo. El mismo proceso darwinista que inspira valor también engendra la cobardía. De ahí que el resultado lógico de la explicación darwinista de la moralidad no es tanto la inmoralidad como el relativismo. Según Lewis, la persona que propone una explicación así de la moralidad debería ser sincero y admitir que «no existe ni el mal ni el bien ... ningún juicio moral puede ser “verdadero” o “correcto” y, por consiguiente ... ningún sistema de moralidad puede ser mejor o peor que otro».95

Cercano al final de su vida, Lewis expuso este extremo con resultados hilarantes en un «himno» que compuso satirizando la evolución darwinista. El himno se mofaba de la naturaleza ciega y sin dirección del darwinismo: «Guíanos, evolución, guíanos/ Por la escalera de un futuro sin fin ... Tanteando, suponiendo, empero progresando,/ Guíanos hacia nadie sabe adónde». Como observa Lewis irónicamente, en el momento en que uno excluye un propósito más elevado de la evolución biológica (como lo intentó Darwin), las normas tradicionales del progreso y decadencia del hombre dejan de tener sentido alguno: «Nunca sabiendo adónde vamos,/ Nunca podremos extraviarnos». Aplicada a la moralidad, la filosofía darwinista de un cambio sin fin repudia «las normas estáticas del bien y del mal/ (Como en Platón) en lo alto entronizadas;/ tales escolásticas, inelástiicas,/ Abstractas reglas repudiamos».96

Tanto en lo que se refiere al intelecto humano o a su moralidad, la dificultad fundamental con la selección natural darwinista, según Lewis, es que es inconsciente, y no puede esperarse de un proceso inconsciente que produzca ni mentes ni una moralidad genuina.

Con  esto vemos por qué sería engañoso clasificar a Lewis como un evolucionista teísta, al menos tal como este término se usa generalmente en la actualidad. Por evolución teísta se puede significar muchas cosas, incluyendo una forma de evolución guiada, pero muchos proponentes actuales de la evolución teísta pueden ser descritos con mayor precisión como darwinistas teístas. Es decir, no meramente no abogan por una forma guiada de descendencia común, sino que intentan combinar la evolución como proceso darwinista carente de dirección con un teísmo cristiano. Aunque creen en Dios, se esfuerzan enérgica y tenazmente en evitar decir que Dios realmente guió el desarrollo biológico. Por ejemplo, el anglicano John Polkinghorne escribe que «un universo evolutivo se comprende teológicamente como una creación a la que se permitió hacerse a sí misma».97 El anterior astrónomo del Vaticano George Coyne afirma que por cuanto la evolución no es guiada «ni siquiera Dios pudo conocer ... con certidumbre» que «la vida humana llegaría a existir».98 Y el biólogo cristiano Kenneth Miller de la Universidad Brown, autor del popular libro Finding Darwin's God [Descubriendo al Dios de Darwin] (que se usa en muchas escuelas superiores cristianas), insiste en que la evolución es un proceso sin dirección, y niega de plano que Dios guiase el proceso evolutivo para conseguir ningún resultado predeterminado —incluyendo el desarrollo de nosotros mismos. De hecho, Miller insiste en que «la aparición de la humanidad en este planeta no fue preordenada, que estamos aquí ... como un detalle de pasada, menor, como una casualidad en una historia que igual pudiera habernos excluido».99

En resumen, muchos modernos evolucionistas teísta quieren retener una creencia en un creador sin realmente afirmar la guía de dicho Creador en la historia de la vida. Desde su punto de vista, el Creador delegó el desarrollo de la vida en un proceso inconsciente autocontenido del que emergieron la mente y la moralidad con el transcurso del tiempo. El intento de la moderna tesis evolucionista teísta de alcanzar una tercera vía entre el materialismo y el diseño inteligente con una especie de evolución emergente tiene toda la coherencia lógica de un cuadrado circular, o de un ateísmo teísta.

Lewis estaba familiarizado con los intentos en su propios días de imbuir a la evolución ciega con alguna especie de propósito a la vez que se negaba la operación de una inteligencia directora, y no quedó persuadido. Aquí es donde finalmente rompió con su mentor Henri Bergson. Bergson, además de criticar la selección natural, propuso su propia alternativa al darwinismo, una confusa propuesta de una fuerza vital que de alguna manera impulsa el proceso evolutivo hacia una complejidad integrada sin necesidad de un diseñador general. Lewis nunca atacó la crítica bergsoniana contra la selección natural darwinista, pero desspués de llegar a ser cristiano atacó repetidas veces la alternativa no-inteligente de Bergson. Hizo lo mismo con George Bernard Shaw, que exaltaba una perspectiva semejante a la de Bergson, de una «evolución emergente», la idea de que aunque la evolución no está realmente guiada por un propósito inteligente general, de alguna manera emergen del proceso unas estructuras llenas de propósito que trascienden a la materia ciega.100

En una sección de Mere Christianity [Cristianismo, y nada más] que se lee demasiado poco, Lewis disecciona esta supuesta tercera vía entre el materialismo desnudo y una historia de la vida guiada por un designio:

Los que mantienen este punto de vista dicen que las pequeñas variaciones por las que «evolucionó» la vida en este planeta a partir de las formas más bajas hasta el hombre no fueron debidas al azar sino a los «esfuerzos» o «propósito» de una Fuerza Vital. Cuando se dice esto, tenemos que preguntar si por Fuerza Vital se refieren a algo con una mente o no. Si a una mente, entonces «una mente que trae la vida a la existencia y que la guía a la perfección» es en realidad un Dios, y su punto de vista es así idéntico al religioso. Si no se refieren a una mente, entonces, ¿qué sentido tiene decir que algo sin una mente «se esfuerza» o que tiene «propósitos»? Esto es, me parece, un golpe mortal para su punto de vista.101

En su novela Perelandra, Lewis satiriza la incongruencia del punto de vista de una evolución emergente, que asigna al malo de la historia, el Profesor E. R. Weston, un científico enloquecido. Lewis atribuye a Weston un discurso repleto de saltos lógicos y de galimatías donde apela solemnemente a «el dinamismo lleno de propósito inconsciente· y «el majestuoso espectáculo de este ciego e inarticulado propósito que se abre paso ... siempre arriba en una unidad sin fin de logros diferenciados hacia una siempre creciente complejidad de organización, hacia la espontaneidad y espiritualidad». Weston identifica finalmente este propósito ciego e inconsciente con lo que  él llama «la perspectiva religiosa de la vida» e incluso con «el Espíritu Santo».102

El héroe de la historia, el Dr. Elwin Ransom, no se siente impresionado. «No conozco mucho acerca de lo que la gente llama la perspectiva religiosa de la vida», replica él: «Mire usted, yo soy cristiano. Y lo que significamos por el Espíritu Santo no es un propósito ciego e inconsciente».103

Cerca del final de su vida, Lewis leyó al libro póstumamente publicado del destacado evolucionista teísta Pierre Teilhard de Chardin, El Fenómeno del Hombre, que proponía aun otra clase de evolución emergente. Lewis llenó su copia del libro de anotaciones críticas como «Sí, es totalmente ignorante», «un libro radicalmente malo», y «Nunca ha sabido lo que es la muerte o el sufrimiento?» (El último comentario era en respuesta a la afirmación hecha por de Chardin de que «algo nos amenaza, algo está más que nunca ausente, pero sin poder nosotros ser capaces de decir exactamente qué».104) En sus cartas a corresponsales, Lewis calificó el libro de Chardin de «a  la vez lleno de tópicos y horrososo».105 y ridiculizó la posición expuesta por de Chardin como «palabrería panteísta biolátrica»106 y como «evolución enloquecida».107 Escribiendo a un sacerdote jesuita, Lewis llegó a elogiar el intento de los jesuitas de acallar a de Chardin: «¡Cuánta razón tenía su Sociedad en silenciar a de Chardin!»108

El rechazo por parte de Lewis de la evolución emergente expone por qué su manera de pensar es en último término tan congenial con el diseño inteligente. Lewis sabía que en último término no hay una tercera vía, no hay un término medido, no existe un híbrido mágico: el desarrollo biológico es o bien el resultado de un proceso material sin inteligencia, o un proceso guiado por una mente, es decir, un diseño inteligente. No se puede repartir entre ambas posturas. Es preciso escoger. Y este siendo el caso, Lewis pensaba que un proceso guiado por una mente es de lejos más verosímil que uno inconsciente.

Notas:

(61) Charles Darwin, The Autobiography of Charles Darwin and Selected Letters, editado by F. Darwin (Nueva York: Dover Publications, 1958), 63.

(62) Charles Darwin, The Variation of Animals and Plants under Domestication, segunda edición (Londres: John Murray, 1875), vol. II, 428-429.

(63) Carta de Premios Nobel a la Junta de Educación del Estado de Kansas, 9 de septiembre de 2005, accedido el 18 de mayo de 2012, http://media.ljworld.com/pdf/2005/09/15/nobel_letter.pdf.

(64) C. S. Lewis, «Modern Man and His Categories of Thought», Present Concerns, editado por Walter Hooper (Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1986), 63.

(65) C. S. Lewis, «The Funeral of a Great Myth», en Christian Reflections, editado por Walter Hooper (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1967), 86.

(66) C. S. Lewis, «Is Theology Poetry?» en The Weight of Glory and Other Addresses, edición revisada y expandida, dirigida por Walter Hooper (Nueva York: Macmillan, 1980), 89.

(67) Henri Bergson, Creative Evolution, traducción al inglés de Arthur Mitchell (Londres: Macmillan, 1920).

(68) C. S. Lewis, Surprised by Joy (New York: Harcourt Brace Jovanovich 1955), 198. Título español: Los Milagros.

(69) C. S. Lewis a Arthur Greeves, June 19, 1920, Collected Letters, vol. I, 494.

(70) C. S. Lewis a su padre, 13 de septiembre de 1919, Collected Letters, vol. I, 464.

(71) Ejemplar anotado por Lewis de L'Evolution Creatice, conservado en the Wade Center Collection, Wheaton College.

(72) Bergson, Creative Evolution, 59.

(73) Ibid., 68.

(74) Ibid., 69-70.

(75) Ibid., 57.

(76) Ibid., 59-60.

(77) C. S. Lewis, anotación a su ejemplar de Henri Bergson, L'Evolution Creatice (Paris, 1917), 60; the Wade Center Collection, Wheaton College.

(78) Ibid., 61.

(79) Ibid., 74.

(80) C. S. Lewis a su padre, 14 de agosto de 1925.

(81) G. K. Chesterton, The Everlasting Man (San Francisco: Ignatius, 1993), 42.

(82) Ibid., 38.

(83) Arthur J. Balfour, Theism and Humanism, editado por Michael W. Perry (Seattle: Inkling Books, 2000), 138.

(84) Ibid., 141.

(85) C. S. Lewis, «Is Theology Poetry?» 77-78. Ejemplar de Albert Lewis de Theism and Humanism, actualmente conservado en the Wade Center Collection, Wheaton College.

(86) En respuesta a una pregunta procedente de la revista The Christian Century, Lewis mencionó Theism and Humanism como uno de los diez libros que «más hicieron para conformar» su «actitud vocacional» y su «filosofía de vida». La lista de Lewis se publicó en el número de 6 de junio de 1962 de la revista.

(87) Paul F. Ford, «Arthur James Balfour», en Jeffrey D. Schultz y John G. West, editores, The C. S. Lewis Readers' Encyclopedia (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1998), 92.

(88) C. S. Lewis, Miracles: A Preliminary Study, edición de 1960 (Nueva York: Macmillan, 1978), 18.

(90) Ejemplar de C. S. Lewis de Charles Darwin, Autobiography of Charles Darwin, The Thinker's Library No. 7 (Londres: Watts & Co. for the Rationalist Press, 1929), 149. Wade Center Collection, Wheaton College.

(91) Ibid., 153.

(92) Lewis, Miracles (1960 edition), 22-23.

(93) C. S. Lewis, The Four Loves (New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1960), 90. Título en español: Los cuatro amores.

(94) Lewis, Miracles (1960 edition), 36.

(95) Ibid.

(96) «Evolutionary Hymn», en Lewis, Poems, 55.

(97) John Polkinghorne, Quarks, Chaos, and Christianity (Nueva York: Crossroad Publishing Company, 2005), 113.

(98) George V. Coyne, S. J., «The Dance of the Fertile Universe» (2005): 7, anteriormente disponible en http://www.aei.org/docLib/20051027_handoutCoyne.pdf.

(99) Miller, Finding Darwin's God, 272.

(100) Véase Lewis, Mere Christianity, 35; C. S. Lewis a Bernard Acworth, 5 de marzo de 1960, Collected Letters, vol. III, 137; Lewis, The Four Loves, 152-153; C. S. Lewis, Studies in Words (Cambridge: Cambridge University Press, 1960), 300-301.

(101) Lewis, Mere Christianity, 35.

(102) Lewis, Perelandra, 90-91.

(103) Ibid., 91.

(104) C. S. Lewis, anotaciones a Pierre Teilhard de Chardin, The Phenomenon of Man, con una introducción de Sir Julian Huxley (Londres: Collins, 1959), 217, página de cubierta, 227. Wade Center Collection, Wheaton College.

(105) C. S. Lewis a Dan Tucker, Dec. 8, 1959, Collected Letters, vol. III, 1105.

(106) C. S. Lewis al Padre Frederick Joseph Adelmann S. J., 21 de septiembre de 1960, Collected Letters, vol. III, 1186.

(107) C. S. Lewis a Bernard Acworth, 5 de marzo de 1960, Collected Letters, vol. III, 1137.

(108) C. S. Lewis al Padre Frederick Joseph Adelmann S. J., 21 de septiembre de 1960.

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